Los muros de la casa tienen su manera de despertar.
Restallan por la mañana
Los muros de la casa tienen su manera de despertar.
Restallan por la mañana
como cuando uno despierta
y se distiende sobre su cama;
no buscan agrandarse, sólo respirar y ocupar su justo espacio.
A veces, rondando por la casa, uno descubre una nueva grieta,
una huella, y entonces
un acontecimiento ha sucedido.
He pensado que si alguien tomara una serie de fotografías
de esta casa, de sus muros,
sería un conjunto de fotografías forenses:
las grietas y las huellas, como un índice, sólo darían cuenta de que algo ha sucedido.
A todas las grietas, en esta casa,
uno llega tarde,
los muros ya han restallado,
y si uno quiere asomarse, inocente,
se ha ido, la grieta ya está ahí.
Y uno podría vivir toda una vida así,
esperando el momento en que los muros restallen
y con suerte estar ahí para mirar la nueva grieta,
una huella más, pero uno prefiere la resignación.
Cuando es preciso
observar un acontecimiento
basta mirar arriba
hacia el árbol, que ahora en otoño
va soltando sus hojitas, una a una:
todo acontece mirándolo, uno puede aprehender ese momento
y es capaz de guardarlo en su memoria.
Y si uno mira más arriba, hacia las nubes
se encuentra en el punto medio entre el acontecimiento y la huella:
la nube toma forma
acompasada por la elegancia del viento
siempre contenida en el largo azul del universo.
Más luego, mirar al cielo, al mismo punto, y no ver más esa nube,
el cielo es nuevamente azul profundo,
la nube ha tomado otra forma,
y en su majestuosidad se desvanece,
y avanza.
Escucho nuevamente
los muros restallar, por cualquier lugar.
En el cielo hay una huella, ahora invisible,
sólo queda la posibilidad de la nube.
El azul de siempre
que se resignifica.
como cuando uno despierta
dds
y se distiende sobre su cama;
no buscan agrandarse, sólo respirar y ocupar su justo espacio.
A veces, rondando por la casa, uno descubre una nueva grieta,
una huella, y entonces
un acontecimiento ha sucedido.
He pensado que si alguien tomara una serie de fotografías
de esta casa, de sus muros,
sería un conjunto de fotografías forenses:
las grietas y las huellas, como un índice, sólo darían cuenta de que algo ha sucedido.
A todas las grietas, en esta casa,
uno llega tarde,
los muros ya han restallado,
y si uno quiere asomarse, inocente,
se ha ido, la grieta ya está ahí.
Y uno podría vivir toda una vida así,
esperando el momento en que los muros restallen
y con suerte estar ahí para mirar la nueva grieta,
una huella más, pero uno prefiere la resignación.
Cuando es preciso
observar un acontecimiento
basta mirar arriba
hacia el árbol, que ahora en otoño
va soltando sus hojitas, una a una:
todo acontece mirándolo, uno puede aprehender ese momento
y es capaz de guardarlo en su memoria.
Y si uno mira más arriba, hacia las nubes
se encuentra en el punto medio entre el acontecimiento y la huella:
la nube toma forma
acompasada por la elegancia del viento
siempre contenida en el largo azul del universo.
Más luego, mirar al cielo, al mismo punto, y no ver más esa nube,
el cielo es nuevamente azul profundo,
la nube ha tomado otra forma,
y en su majestuosidad se desvanece,
y avanza.
Escucho nuevamente
los muros restallar, por cualquier lugar.
En el cielo hay una huella, ahora invisible,
sólo queda la posibilidad de la nube.
El azul de siempre
que se resignifica.
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