Creía que pasaría las nueve horas del viaje ensimismado, sobre el perímetro del asiento, hasta que de pronto, a menos de dos horas de que aterrizáramos en el aeropuerto de Santiago, el pasajero de la 8B habló: «¿Está congelada el agua allá abajo?». Era la voz de un hombre de unos 55 años de edad -soy más o menos bueno calculando edades-; miraba sobre mi hombro con un interés genuino. «Imposible que esté así tan al norte», dijo más para sí mismo que para mí. «Increíble, ¿no crees?…», volvió a decir azorado. Su insistencia despertó mi curiosidad y me asomé, con un movimiento sutil, por la ventanilla. A través del cristal a medio empañar, pude ver el estrato condensado que se tendía por debajo de nosotros. «Es sólo un banco de nubes», dije. Sí, señaló, por un momento creí que eran las aguas del Pacífico. Deben estar así -dijo en referencia a las nubes- por las cenizas del Calbuco. La aeromoza se nos acercó para preguntar si tomaríamos desayuno. El tipo respondió que no, mientras que yo dije sí sin tanta hambre pero previendo que llegaría hasta entrada la noche al hotel.

Luego de 20 minutos, en los que la geografía del momento me hacía pensar a Chile como un país insular (al norte el desierto de Atacama, al noriente la cordillera, al este el Pacífico), y mientras me ocupaba de  mi horrible desayuno, lo vi concentrar toda su atención en la revista del Duty Free. Fue hasta que se percató de que había abandonado el plato de las frutas que volvió a dirigirme la palabra: «Perdón, disculpa que te interrumpa, pero ¿vas a comerte la fruta? Lo que pasa es que soy ecologista». Su comentario me hizo sentir un poco culpable, pero fue el enunciado que terminó por depositar mi confianza en él. «Me llamo Manuel Fretes. Me dedico a arrendar un pequeño hotel en Coyoacán. Bueno, no es tanto un hotel…». «¿Un hostal?», intervine queriendo ayudar. «Tampoco. Prefiero llamarlo albergue urbano. Se llama <Chalet del Carmen>». Lo conozco, dije, me hospedé ahí durante el 2011 o 2012, pasé un temblor en una de las habitaciones. Creo que se llamaba <Frida> esa habitación. Sí, dijo, son sólo tres habitaciones. <Frida> solía ser el cuarto de mi hermano. Era la casa de mi madre…

    Guardé silencio luego de la confesión. Desde luego que me había parecido una situación muy extraña. Extrañísima, mejor, puesto que ahora me sentía con cierta ventaja sobre su vida. Después de todo yo había conocido y habitado, aunque fuera por un fin de semana, la casa de su infancia. Traté de disimular mi desconcierto mientras Manuel resolvió una pregunta que hasta ese momento no me había planteado responder antes: ¿Por qué el logotipo del Chalet del Carmen tenía una bandera de Suiza? «Mi mujer es suiza», respondió. Reí sin querer. Luego averigüé, sin voluntad de hacerlo, que se trataba de su segunda mujer. Y sobre ella misma abonó con orgullo que era la líder de la quinesiología moderna en América Latina, y por el momento ella estaba dando un curso en Santiago. Venía a verla. Luego comentó que un chófer vendría a buscarlo y lo llevaría a su hotel, a un costado del cerro de Santa Lucía. Me preguntó dónde me hospedaría. A espaldas del mismo cerro, respondí. Si necesitas, podemos llevarte, dijo. Accedí.

Creí que pasaría las nueve horas del viaje ensimismado, sobre el perímetro del asiento, hasta que de pronto, a menos de dos horas de que aterrizáramos en el aeropuerto de Santiago, el pasajero de la 8B habló: «¿Está congelada el agua allá abajo?». Era la voz de un hombre de unos 55 años de edad -soy más o menos bueno calculando edades-; miraba sobre mi hombro con un interés genuino. «Imposible que esté así tan al norte», dijo más para sí mismo que para mí. «Increíble, ¿no crees?…», volvió a decir azorado. Su insistencia despertó mi curiosidad y me asomé, con un movimiento sutil, por la ventanilla. A través del cristal a medio empañar pude ver el estrato condensado que se tendía por debajo de nosotros. «Es sólo un banco de nubes», dije. Sí, señaló, por un momento creí que eran las aguas del Pacífico. Deben estar así -dijo en referencia a las nubes- por las cenizas del Calbuco. La aeromoza se nos acercó para preguntar si tomaríamos desayuno. El tipo respondió que no, mientras que yo dije sí sin tanta hambre pero previendo que llegaría hasta entrada la noche al hotel.
Luego de 20 minutos, en los que la geografía del momento me hacía pensar a Chile como un país insular (al norte el desierto de Atacama, al noriente la cordillera, al este el Pacífico), y mientras me ocupaba de  mi horrible desayuno, lo vi concentrar toda su atención en la revista del Duty Free. Fue hasta que se percató de que había abandonado el plato de las frutas que volvió a dirigirme la palabra: «Perdón, disculpa que te interrumpa, pero ¿vas a comerte la fruta? Lo que pasa es que soy ecologista». Su comentario me hizo sentir un poco culpable, pero fue el enunciado que terminó por depositar mi confianza en él. «Me llamo Manuel Fretes. Me dedico a arrendar un pequeño hotel en Coyoacán. Bueno, no es tanto un hotel…». «¿Un hostal?», intervine queriendo ayudar. «Tampoco. Prefiero llamarlo albergue urbano. Se llama <Chalet del Carmen>». Lo conozco, dije, me hospedé ahí durante el 2011 ó 2012, pasé un sismo en una de las habitaciones. Creo que se llamaba <Frida> esa habitación. Sí, dijo, son sólo tres habitaciones. <Frida> solía ser el cuarto de mi hermano. Era la casa de mi madre…

Guardé silencio luego de la confesión. Desde luego que me había parecido una situación muy extraña. Extrañísima, mejor, puesto que ahora me sentía con cierta ventaja sobre su vida. Después de todo yo había conocido y habitado, aunque fuera por un fin de semana, la casa de su infancia. Traté de disimular mi desconcierto mientras Manuel resolvió una pregunta que hasta ese momento no me había planteado responder antes: ¿Por qué el logotipo del Chalet del Carmen tenía una bandera de Suiza? «Mi mujer es suiza», respondió. Reí sin querer. Luego averigüé, sin voluntad de hacerlo, que se trataba de su segunda mujer. Y sobre ella misma abonó con orgullo que era la líder de la quinesiología moderna en América Latina y por el momento ella estaba dando un curso en Santiago. Venía a verla. Luego comentó que un chofer vendría a buscarlo y lo llevaría a su hotel, a un costado del cerro de Santa Lucía. Me preguntó dónde me hospedaría. A espaldas del mismo cerro, respondí. Si necesitas, podemos llevarte, dijo. Accedí.
Recorrimos Santiago arriba de un coche medio destartalado que apestaba a gas (llevaba el cilindro de diesel en la cajuela; sentí que en cualquier momento podíamos volar el chofer, Manuel y yo en mil pedazos, si no moríamos antes de asfixia) pero que rebasaba bien. Sobre el Paseo Ahumada Manuel le preguntó al chofer, de unos 28 años: «¿Y aquí «Suecia» sigue siendo la zona de moda? Yo viví aquí hace 20 años, al regresar de mi maestría». El chofer se limitó a decir contundentemente: «Suecia está muerta». Ese fue el último comentario que le escuché al chofer, quien permaneció en silencio el resto del viaje. Al llegar a mi hotel me despedí de Manuel y ambos nos deseamos una buena estadía. «Si vuelves algún día al Chalet avisa en recepción que eres mi amigo. Pídeles que me llamen y te haré descuento», dijo. Le agradecí, sin mucha esperanza de volver, y sin más entré en el lobby del hotel, donde me recibió un portero con un español incomprensible. El resto de mi viaje se lo dejo a mis fotografías. Fue un tanto así:
 
 

    Recorrimos Santiago arriba de un coche medio destartalado que apestaba a gas (llevaba el cilindro de diesel en la cajuela; sentí que en cualquier momento podíamos volar el chófer, Manuel y yo en mil pedazos, si no moríamos antes de asfixia) pero que rebasaba bien. Sobre el Paseo Ahumada Manuel le preguntó al chófer, de unos 28 años: «¿Y aquí «Suecia» sigue siendo la zona de moda? Yo viví aquí hace 20 años, al regresar de mi magíster». El chófer se limitó a decir contundentemente: «Suecia está muerta». Ese fue el último comentario que le escuché al chófer, quien permaneció en silencio el resto del viaje. Al llegar a mi hotel me despedí de Manuel y ambos nos deseamos una buena estadía. «Si vuelves algún día al Chalet avisa en recepción que eres mi amigo. Pídeles que me llamen y te haré descuento», dijo. Le agradecí, sin mucha esperanza de volver, y sin más entré en el lobby del hotel, donde me recibió un portero con un español incomprensible. El resto de mi viaje se lo dejo a mis fotografías. Fue un tanto así:

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2 respuestas a “El país insular”

  1. Avatar de Mizael Cz
    Mizael Cz

    Mi Fer! No sé por qué se combinó el estar leyendo tu relato y ver las fotos con la canción How to dissapear completally de Radiohead y me dieron hasta pinches ganas de llorar jaja ánimo mi Fer! Qué chingón que compartas tus viajes con tan buenas letras y fotografías

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    1. Avatar de Mizael Cz
      Mizael Cz

      Completely* xD

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