El termómetro en la habitación marcaba menos siete grados. Era domingo y diciembre. Había pasado las últimas 72 horas enclaustrado, escuchando comunicaciones sobre violencia en la literatura y el teatro de habla hispana. Hasta ese momento, lo único que había visto de Polonia había sido, según recuerdo, un bar, o dos bares, la habitación del hotel, una cremería a la que había entrado creyendo que era una tienda de autoservicio y una cafetería de la que salí huyendo luego de que resultó imposible comunicarme con el regente; además, claro está, de las pocas estampas que me dejó ver un vidrio polarizado sobre la silenciosa Riot Van que me condujo desde el aeropuerto de Varsovia hasta Lublin. Vi edificios que se mantenían en la tónica general de la arquitectura europea del siglo XX. También iglesias góticas, reconstrucciones a medias de unidades urbanas, intercalados con algunos bloques de viviendas en serie con tintes de “socialismo real”, una tendencia estética, según me explicaron después, instaurada durante los años cuarenta, que pretendía imponer formas nacionales y contenidos socialistas.
Luego de mi visita en Lublin, tenía seis días para crearme una idea de lo que más o menos era Polonia. Poco tiempo, desde luego, pero suficiente para alguien que viaja sin apremio y sin itinerario. Lo único que quería visitar con rigidez eran los campos de concentración de Auschwitz y Birkenau por la sencilla razón de que, al paso de mi corta carrera como lector, habían llegado a mí libros de Primo Levi, de Art Spiegelman, de Imre Kertész, de Simon Wiesenthal que marcaron mi vida para siempre y que llevo ya en mí donde quiera que estoy. Así que tomé un taxi en la recepción del hotel y, rezándole a Tezcatlipoca porque me entendiera, le extendí al conductor un papelito con el dibujo de un tren.
Eran las doce con treinta minutos cuando el conductor del autobús, que abordé luego de llegar en tren a Cracovia, gritó: ¡Auschwitz! Descendí del autobús por la parte de atrás, para romper con la mala costumbre que me ha dejado no tener un automóvil y ser mexicano al mismo tiempo, y pisé Oświęcim, el pueblo donde Hitler mandó edificar el mayor centro de exterminio de la Alemania nazi.
Lo primero que vi, frente a mí, fue un restaurante de comida más o menos rápida. Vendían hamburguesas y pastas, café y refrescos de doscientos mililitros, pasteles de queso. Para mi suerte la mesera hablaba inglés y yo era el único cliente (Todavía recuerdo que me dijo, cuando mi tarjeta de débito fue rechazada, “Excuse me, sir, there is a problem with your card”). Sin saber exactamente cómo hacerlo, le pregunté si sabía dónde estaba Auschwitz. Sí, dijo, y extendió su brazo para señalar hacia una brecha donde había aparcados un par de automóviles con el parabrisas empañado, que se me antojaron de ella y la cocinera. Hasta ese momento recalé en la soledad de aquel lugar. Pues claro, pensé, a menos siete grados y en vísperas de navidad, a quién putas se le ocurre pararse en medio de un campo de concentración.
A los veinte minutos, mientras veía los bancos de nubes tapizando el cielo –que cabe mencionar, jamás vi durante mi estancia en Polonia–, la mesera me trajo unos cuatrocientos gramos de espaguetis con salsa boloñesa. Sólo había visto unas dimensiones parecidas en un portal web que contenía las fotografías de la dieta de Michael Phelps. Gracias, dije, y abusando de su confianza le pregunté si conocía algún hotel cerca de ahí. No, respondió, y a mí casi se me cierra el estómago. El más cercano, dijo, estaba a unos veinte kilómetros de ahí. Tendría que tomar un taxi, pero ella podría hacerlo una vez que terminara mi comida, que finalmente pediría para llevar luego de diez minutos.
El taxista se esforzó por entablar comunicación conmigo. No nos entendimos un carajo, pero al menos nos reímos, y agradecí por eso en medio de una atmósfera que, al menos para mí, hasta ese momento había sido solemne. Me llevó a una casa extraña después de atravesar un puente muy estrecho por el que circulaban camiones y algunos autos, y a cuyas faldas permanecían indemnes las aguas congeladas de un río apócrifo. “There it is”, dijo. “There it is what”, pregunté, “The hotel”, dijo. Volvimos a reinos. Pero si es una casa, pensé. Sólo timbre, advirtió.
La puerta la abrió una muchacha de unos veinte años, que no era ni amable ni grosera, ni fea ni bonita, ni flaca ni gorda. Tenía mirada de estarme diciendo hay algo más importante que estarte diciendo “There is your room, you are the only guest tonight”. Pagué los ciento veinte slotys que me pidió y me dirigí a mi cuarto. Afuera había caído la noche, tendría que esperar al día siguiente.
En la habitación no había agua potable. Había una cama extra, una televisión que transmitía un partido diferido del Dortmund, pero no había agua. Salí sin dar aviso del hotel, no sin cierto miedo, pero diciéndome tranquilo, nunca te ha pasado nada en México, no tendría por qué pasarte aquí, en este lugar salido de una pintura de De Chirico.
En medio de la plaza no había nadie. Había un jovencito de unos quince años peleando a gritos con su novia, y nada más. No había a quién preguntarle algo, nadie alrededor para quejarte del clima, nada. Aquel lugar (o el país entero) estaba hecho –si no lo había notado ya era hora de hacerlo– para caminarlo solo. Para descubrirlo solo y en silencio.
En mi andar por la plaza, sin consentir demasiado mi instinto inquisitivo, encontré un lugar de unos marroquíes que vendían kebabs y una licorería. La licorería estaba cerrada y a los marroquíes les compré dos Sprites. Regresé a la habitación y tomé un baño. Aquella noche no dormí.
Apenas dieron las siete, tomé mi cámara fotográfica, que no había podido cargar puesto que, como siempre ocurre, había olvidado en Lublin el adaptador de la toma eléctrica, y crucé el puente, largo esta vez, que había cruzado un día antes en automóvil, dispuesto a caminar los veinte kilómetros que había que recorrer para llegar a Auschwitz.
Durante el trayecto no tomé una sola fotografía. No lo hice y no me arrepiento. Si puedo ofrecer alguna imagen de aquel lugar, será la de los árboles secos pero bien plantados en los jardines abandonados, pidiendo ser parte de una historia, reclamando pacientemente su lugar en el mundo de nosotros. Aquella caminata a solas me hizo pensar en Kertész, y de su libro Sin destino recordé, no sé por qué razón, el pasaje en donde habla sobre la sopa de lentejas. Decía algo así como que había que aprender a esperar a formarse en la fila de la sopa, pues los primeros sólo recibían caldo, a diferencia de los últimos, que con devoción esperaban a que se asentaran las lentejas. Era un pasaje intrascendente, quizá, pero lo estuve pensando durante la hora y media que tardé en recorrer los quince o veinte kilómetros.
Al entrar, siendo casi las nueve de la mañana, pasé por una banda magnética y me enfrenté, por enésima ocasión durante aquel viaje, a la soledad. En este punto detendré mi relato, pues quiero que las fotografías hablen mejor de lo que yo sentí. Pero si pudiera decir algo desde el umbral que atravesé aquella mañana, serían las palabras que retomo de mi amigo Eduardo Sánchez, quien dijo al respecto de una de mis fotografías: “Lasciate ogni speranza, voi ch’entrate”, que en español quiere decir: “Abandonad toda esperanza, vosotros los que entráis”. Esta frase está rotulada, según Dante Aligeri en La Divina Comedia, a las puertas del infierno. Una advertencia, pienso, no hace sino arrojarnos previamente al vacío que ya promete. Aquella mañana recogí esto.
El termómetro en la habitación marcaba menos siete grados. Era domingo y diciembre. Había pasado las últimas 72 horas enclaustrado, escuchando comunicaciones sobre violencia en la literatura y el teatro de habla hispana. Hasta ese momento, lo único que había visto de Polonia había sido, según recuerdo, un bar, o dos bares, la habitación del hotel, una cremería a la que había entrado creyendo que era una tienda de autoservicio y una cafetería de la que salí huyendo luego de que resultó imposible comunicarme con el regente; además, claro está, de las pocas estampas que me dejó ver un vidrio polarizado sobre la silenciosa Riot Van que me condujo desde el aeropuerto de Varsovia hasta Lublin. Vi edificios que se mantenían en la tónica general de la arquitectura europea del siglo XX. También iglesias góticas, reconstrucciones a medias de unidades urbanas, intercalados con algunos bloques de viviendas en serie con tintes de “socialismo real”, una tendencia estética, según me explicaron después, instaurada durante los años cuarenta, que pretendía imponer formas nacionales y contenidos socialistas. Luego de mi visita en Lublin, tenía seis días para crearme una idea de lo que más o menos era Polonia. Poco tiempo, desde luego, pero suficiente para alguien que viaja sin apremio y sin itinerario. Lo único que quería visitar con rigidez eran los campos de concentración de Auschwitz y Birkenau por la sencilla razón de que, al paso de mi corta carrera como lector, habían llegado a mí libros de Primo Levi, de Art Spiegelman, de Imre Kertész, de Simon Wiesenthal que marcaron mi vida para siempre y que llevo ya en mí donde quiera que estoy. Así que tomé un taxi en la recepción del hotel y, rezándole a Tezcatlipoca porque me entendiera, le extendí al conductor un papelito con el dibujo de un tren. Eran las doce con treinta minutos cuando el conductor del autobús, que abordé luego de llegar en tren a Cracovia, gritó: ¡Auschwitz! Descendí del autobús por la parte de atrás, para romper con la mala costumbre que me ha dejado no tener un automóvil y ser mexicano al mismo tiempo, y pisé Oświęcim, el pueblo donde Hitler mandó edificar el mayor centro de exterminio de la Alemania nazi.
Lo primero que vi, frente a mí, fue un restaurante de comida más o menos rápida. Vendían hamburguesas y pastas, café y refrescos de doscientos mililitros, pasteles de queso. Para mi suerte la mesera hablaba inglés y yo era el único cliente (Todavía recuerdo que me dijo, cuando mi tarjeta de débito fue rechazada, “Excuse me, sir, there is a problem with your card”). Sin saber exactamente cómo hacerlo, le pregunté si sabía dónde estaba Auschwitz. Sí, dijo, y extendió su brazo para señalar hacia una brecha donde había aparcados un par de automóviles con el parabrisas empañado, que se me antojaron de ella y la cocinera. Hasta ese momento recalé en la soledad de aquel lugar. Pues claro, pensé, a menos siete grados y en vísperas de navidad, a quién putas se le ocurre pararse en medio de un campo de concentración. A los veinte minutos, mientras veía los bancos de nubes tapizando el cielo –que cabe mencionar, jamás vi durante mi estancia en Polonia–, la mesera me trajo unos cuatrocientos gramos de espaguetis con salsa boloñesa. Sólo había visto unas dimensiones parecidas en un portal web que contenía las fotografías de la dieta de Michael Phelps. Gracias, dije, y abusando de su confianza le pregunté si conocía algún hotel cerca de ahí. No, respondió, y a mí casi se me cierra el estómago. El más cercano, dijo, estaba a unos veinte kilómetros de ahí. Tendría que tomar un taxi, pero ella podría hacerlo una vez que terminara mi comida, que finalmente pediría para llevar luego de diez minutos.
El taxista se esforzó por entablar comunicación conmigo. No nos entendimos un carajo, pero al menos nos reímos, y agradecí por eso en medio de una atmósfera que, al menos para mí, hasta ese momento había sido solemne. Me llevó a una casa extraña después de atravesar un puente muy estrecho por el que circulaban camiones y algunos autos, y a cuyas faldas permanecían indemnes las aguas congeladas de un río apócrifo. “There it is”, dijo. “There it is what”, pregunté, “The hotel”, dijo. Volvimos a reinos. Pero si es una casa, pensé. Sólo timbre, advirtió. La puerta la abrió una muchacha de unos veinte años, que no era ni amable ni grosera, ni fea ni bonita, ni flaca ni gorda. Tenía mirada de estarme diciendo hay algo más importante que estarte diciendo “There is your room, you are the only guest tonight”. Pagué los ciento veinte slotys que me pidió y me dirigí a mi cuarto. Afuera había caído la noche, tendría que esperar al día siguiente.
En la habitación no había agua potable. Había una cama extra, una televisión que transmitía un partido diferido del Dortmund, pero no había agua. Salí sin dar aviso del hotel, no sin cierto miedo, pero diciéndome tranquilo, nunca te ha pasado nada en México, no tendría por qué pasarte aquí, en este lugar salido de una pintura de De Chirico. En medio de la plaza no había nadie. Había un jovencito de unos quince años peleando a gritos con su novia, y nada más. No había a quién preguntarle algo, nadie alrededor para quejarte del clima, nada. Aquel lugar (o el país entero) estaba hecho –si no lo había notado ya era hora de hacerlo– para caminarlo solo. Para descubrirlo solo y en silencio.
En mi andar por la plaza, sin consentir demasiado mi instinto inquisitivo, encontré un lugar de unos marroquíes que vendían kebabs y una licorería. La licorería estaba cerrada y a los marroquíes les compré dos Sprites. Regresé a la habitación y tomé un baño. Aquella noche no dormí.
Apenas dieron las siete, tomé mi cámara fotográfica, que no había podido cargar puesto que, como siempre ocurre, había olvidado en Lublin el adaptador de la toma eléctrica, y crucé el puente, largo esta vez, que había cruzado un día antes en automóvil, dispuesto a caminar los veinte kilómetros que había que recorrer para llegar a Auschwitz.
Durante el trayecto no tomé una sola fotografía. No lo hice y no me arrepiento. Si puedo ofrecer alguna imagen de aquel lugar, será la de los árboles secos pero bien plantados en los jardines abandonados, pidiendo ser parte de una historia, reclamando pacientemente su lugar en el mundo de nosotros. Aquella caminata a solas me hizo pensar en Kertész, y de su libro Sin destino recordé, no sé por qué razón, el pasaje en donde habla sobre la sopa de lentejas. Decía algo así como que había que aprender a esperar a formarse en la fila de la sopa, pues los primeros sólo recibían caldo, a diferencia de los últimos, que con devoción esperaban a que se asentaran las lentejas. Era un pasaje intrascendente, quizá, pero lo estuve pensando durante la hora y media que tardé en recorrer los quince o veinte kilómetros.
Al entrar, siendo casi las nueve de la mañana, pasé por una banda magnética y me enfrenté, por enésima ocasión durante aquel viaje, a la soledad. En este punto detendré mi relato, pues quiero que las fotografías hablen mejor de lo que yo sentí. Pero si pudiera decir algo desde el umbral que atravesé aquella mañana, serían las palabras que retomo de mi amigo Eduardo Sánchez, quien dijo al respecto de una de mis fotografías: “Lasciate ogni speranza, voi ch’entrate”, que en español quiere decir: “Abandonad toda esperanza, vosotros los que entráis”. Esta frase está rotulada, según Dante Aligeri en La Divina Comedia, a las puertas del infierno. Una advertencia, pienso, no hace sino arrojarnos previamente al vacío que ya promete. Aquella mañana recogí esto.


























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