La semana pasada invité a mis padres a pasar ocho días en Roma. Desde que vivo
Soy editor de la sección «Algo más» de una revista semestral sobre literatura mexicana. El año pasado estuve a cargo de la sección de teoría y crítica, y cómo lo desteté. Tuve que participar en coloquios organizados por estudiantes de letras latinoamericanas en varias universidades, intentando cazar las mejores ponencias porque los catedráticos de tiempo completo ya no quieren publicar sus trabajos en revistas no arbitradas, sin número ISSN, como la nuestra. La tarea era titánica. Con todo y que les explicaba que el consejo editorial de nuestra revista ya se encuentra en tareas para contar con un registro ISSN, ya no te sueltan un paper tan fácil. He sido, inclusive, rechazado por estudiantes de maestría, con ponencias horrorosas que en mi desesperación por tener material para el número me he visto obligado a ofrecer publicar. Por eso que ahora propuse la sección «Algo más» en la revista, y vaya que fue un alivio. Fue un paliativo para mi alma mandar la sección de teoría y crítica a tomar por culo. La sección «Algo más» me ha permitido la libertad creativa que necesita alguien con una vida tan desorganizada como la mía. Porque he de confesarlo, la revista ya no es mi prioridad hoy en día. La beca del doctorado se me terminó el año pasado y obtener una plaza de tiempo completo en la Universidad es una hazaña que debe alinear a tu favor una serie de factores casi improbables, siendo tener ejercicios críticos publicados en revistas arbitradas, con registro ISSN, uno de ellos, y de esos tengo sólo dos, a pesar de ser doctorante. ¿Impresionante, no? O quizá estúpido de mi parte haber llegado a la recta final, a la cúspide de la formación académica con tan pocos trabajos que respalden mi carrera como investigador. Estoy lleno de publicaciones en panfletos, en blogs, y hasta he aparecido en canales de TikTok que hablan de narradores emergentes en México del siglo XXI, pero publicaciones serias hay pocas, por lo que he tenido que buscarme otros trabajos varios para poder darme el lujo de seguir participando como editor de dicha sección de la revista.
Con todo y la libertad que suponía que la nueva sección, «Algo más», me daría, a falta de un mes para cerrar la quinta edición de la revista no tenía nada para enviarle al Consejo. Durante los últimos 4 meses había pensado en un proyecto que terminó siendo ambicioso: hacer una compilación de textos escritos en el primer cuarto del siglo XXI que ayudaran a replantearnos la historia reciente de la literatura mexicana, desde regiones marginadas, autores no canónicos y hasta géneros considerados «menores», pero desistí rápido de esa idea por el trabajal que supondría hacer menudo proyecto sin una beca que me sostuviera de principio a fin. Tenía que pensar en alguna salida rápida, que al tiempo que fuera sencilla arrojara valor e interés para nuestros lectores. Y en un golpe de suerte la idea vino a mí: una entrevista. Tenía que ser una entrevista. Una entrevista no me haría trabajar doble: haciendo una buena serie de preguntas era solo cuestión de transcribir y enviarlo al Consejo. La siguiente tarea sería pensar en el personaje: alguien interesante para el ámbito literario pero al mismo tiempo en formación, pues alguien consagrado difícilmente aceptaría darme una entrevista. Y después de darle vueltas a la Plaza de la Liberación y comerme un trolelote, mientras me sentaba a contemplar la nada en una de las bancas que miran a la calle Degollado vino a mi cabeza la solución; quien iba a sacarme del apuro tenía nombre y apellido: Bartolo Schneider.
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Si bien Bartolo Schneider no era exactamente un tipo en formación seguía siendo alguien accesible, al menos para mí -o eso creía. Con sus setenta y pico de años gozaba del reconocimiento que se merecía alguien con una trayectoria como la suya: dos doctorados (uno de ellos Honoris Causa), dos maestrías, una licenciatura; y claro, en su haber contaba con más de sesenta artículos publicados y una docena de libros coordinados. Poco menos de treinta años como catedrático de la Universidad de Zacatecas le habían bastado para escribir y prologar por lo menos diecinueve libros sobre diversos géneros literarios: poesía, dramaturgia, textos epistolares y narrativa en sus diversas formas: novelas, micro novelas (o relatos breves, según a quién se lo pregunte), crónicas, pero su fuerte había sido nada menos que la bien llamada «Fénix de México» o «Décima Musa», o sea, la gran Sor Juana Inés de la Cruz. En los noventa no había nadie más que Schneider para producir crítica. Vuelto una máquina de reflexiones, en sus presentaciones al vivo, en congresos o charlas magistrales, le gustaba hacer énfasis en que durante su trayectoria había pasado por tres universidades de Estados Unidos y dos de España que habían financiado sus pesquisas. Vamos, Schneider tenía para repartir.
Sin embargo, como todo buen investigador, su producción crítica no estuvo exenta de detractores. En sus últimos años como catedrático había sido fuertemente criticado por haber presentado una suelta cuya autoría atribuía a Sor Juana Inés de la Cruz, lo que para muchos sólo se sostenía porque varios investigadores de su línea salieron en su defensa, particularmente Jesús Antonio Cruz, quien entonces gozaba de toda la fama y credibilidad que te puede dar el Premio Cervantes y quien en uno de los números mensuales de una afamada revista literaria de la época (que sí contaba con ISSN, de ahí la importancia de contar con uno) explicó porqué aquella suelta de Schneider pertenecía en efecto a la poetisa. En medio de la polémica, Schneider había resuelto, por cuenta propia, que callar al respecto y no hacer demasiado alarde por el supuesto descubrimiento era lo mejor. Y la crítica terminó dándole vuelta a la página a ese asunto. Se preguntarán cuál es la necesidad de hablar de alguien que se ha entregado al sosiego de los atardeceres en su mansión de Tapalpa. Pues justamente que a mi parecer, Schneider nunca había tenido el derecho de réplica que sus credenciales de crítico le merecían, y sería la sección de «Algo más» de la revista Páramo de palabras quien le diera de una vez el punto final a esa intriga.
Abrí mi correo electrónico para buscar mi última correspondencia con Bartolo. Habían pasado seis años desde nuestro último intercambio. No tenía otra opción que enviarle un correo electrónico con la esperanza en que lo respondería. Después de todo era alguien asiduo al correo electrónico y seguramente mantendría contacto con su red a través de ello.
Al paso de una semana de silencio ya comenzaba a pensar en un plan B, cuando una buena mañana vi asombrado su respuesta en mi bandeja de entrada. Era su correo, sí, pero no era él. Firmaba Sonia, una de sus hijas. «El doctor Schenider no se encuentra en su mejor momento y me temo que un encuentro en un bar terminaría por desgastarle la poca fuerza que genera durante la noche», rezaba uno de los enunciados, como si el Dr. Schenider fuera no otra cosa que un aparto electrónico venido a menos que se recargara deficientemente con luz eléctrica. Me recriminé haber sido tan idiota como para sugerir un encuentro en un bar, pero de qué otra manera hubiera podido convencer a un catedrático al que en sus buenos tiempos vi beberse solo una botella de ron blanco en cuestión de cuatro horas. «Si usted acepta puede venir a su casa, donde podremos recibirle una hora, al mediodía, antes de su siesta. El doctor ya se cansa y suele tomar una siesta a las dos de la tarde, por lo que le pedimos sujetarse estrictamente a ese día y hora». Para mi sorpresa el correo cerraba con un «le esperanza la idea del encuentro». El profesor se encontraba en Guadalajara y no en Tapalpa, pues según su hija Sonia tenía las facilidades que requería para su «fisioterapia». Ya comenzaba a imaginar una entrevista llena de atropellos y comencé a dudar si era buena idea presentarme ante Scheider para intentar publicar un artículo decente. Si Schneider decidía hablar poco estaba doblemente jodido: perdería tiempo y tendría que trabajar bastante en rellenar ese artículo con una reseña extensa sobre su trayectoria, y no es lo que buscaba: quería una entrevista hecha y derecha que bastara solo colocar en Word para enviarla al Consejo y enfocarme de una vez por todas en la maldita traducción de la novela de un gringo que prometía pagar las cuentas de los próximos tres meses.
Durante el final de semana siguiente me pasé formulando las preguntas. Y entonces, Dr. Schneider, vayamos al grano: ¿es o no malditas es aquella suelta de Sor Juana? ¿Tiene algo que decirle a sus críticos? Pero aquellas preguntas parecían más propias de una revista de chismes y no de crítica literaria. Pero, ¿no era la sección de «Algo más» lo suficientemente ambigua como para permitirme este tipo de licencias narrativas? Resolví que dejaría todo al azar y chutaría las preguntas como vinieran. El foco era una respuesta a la pregunta principal que nos había llevado hasta él, pero dejaría que fluyera, después de todo ni él ni ella habían solicitado un manuscrito previo a la entrevista, y ese era el as bajo mi manga.
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La mañana de la entrevista hacía un calor del demonio. Mi auto, un Fiat sin aire acondicionado, quemaba mi cuerpo por todos lados: el volante, la palanca de transmisiones, el asiento y hasta las putas direccionales al señalar una vuelta. Después de atravesar el tráfico de este infierno de ciudad llegué al número 73 de la calle Magnolia escurriendo en sudor, vuelto un cerdo. Bajé del auto sin ponerle seguros -quién quiera que se atreviera a robarse esa carcacha iba a llevarse una quemada de tercer grado en todo el cuerpo- y me dirigí a la puerta de la entrada. Una cámara apuntaba hacia mi enrojecida mollera. Llamé al timbre. La voz de quien supuse era Sonia sonó a través del interfón: pase, por favor, el doctor ya lo espera. Empujé la puerta y entré.
Lo vi así, envuelto en su figura enjuta, debajo de un cuadro que representaba un capullo casi transformado en mariposa. Ni Sonia ni el doctor sudaban como yo. Ella se percató que necesitaba ayuda, y de la cocina me acercó un mazo de servilletas para limpiarme la cara. Por suerte mi sudor no había escurrido hasta el suelo, pero faltó poco para que la camiseta no consiguiera asegurar más líquido de mi transpirar para que terminara bañándole la duela de la casa. Caraja madre, pensé al ver el aire acondicionado apagado. El aparato ocupaba gran parte del espacio de la sala que daba pena verlo apagado, sin funcionar. Imaginé que podía perjudicar la salud del doctor, así que no sugerí encenderlo en ningún momento. Por favor, tome asiento, dijo Sonia, y entonces me acerqué hacia Bartolo de manera que quedé frente a sus ojos y no tuvo otra opción más que mirarme. Su mirada se centró en mi plexo solar pero no creo que fue voluntariamente, sino por puro azar, pues a esa altura quedó su mirada que ya estaba clavada en la nada. Sonia se acercó y le dijo papá, es Marco, Marco Sotelo, que te comenté ayer, ¿recuerdas?
Sonia nos dejó solos por un momento, y mientras se dirigía a la cocina saludé a Dr. Schneider. Buenas tardes, Dr. Bartolo, me alegra mucho verlo, ¿cómo está? Sus ojos me miraban, y su semblante por un momento hasta resplandecía, lo que me alivió pues de otra manera habría pensado que el profesor me juzgaba por la forma en que transpiraba, como un caballo. Vine para saludarlo, doctor, exclamé sin atreverme a decir que venía a entrevistarlo, y procedí a guardarme el estúpido papelito con tres preguntas que traía en el puño de la mano izquierda desde que había accionado el timbre de la casa del Dr. Schneider. Sonia volvió de la cocina con una pequeña cubeta de cervezas Corona Cero alcohol, enterradas en un dinamitado manglar de hielo, un destapador con la forma de un zapato de tacón rojo y un vaso. Ahora sí, los dejo para que platiquen, dijo Sonia. Al despedirse casi como un susurro me dijo: habla poco, pero inténtelo. Abrí la primera cerveza, y me la bebí directo de la botella, casi de un golpe. Sin saber qué pasaría la siguiente hora me abrí la segunda cerveza, y pensé en el trayecto de regreso. El carro se había quedado en la calle, sin la sombra de ningún árbol que lo protegiera del funesto sol, que masacraba todo allá afuera. Al llegar a casa redactaría un correo y me despediría de la revista. Terminaría aquel número de alguna forma, por compromiso, pero no continuaría en el siguiente, ni subsiguiente, ni nunca más.
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