La semana pasada invité a mis padres a pasar ocho días en Roma. Desde que vivo
Es 9 de septiembre de 2025. Escribo aún desde mi casa en San Pablo, y aunque son las ocho de la noche aquí, y estoy seguro de que estoy en Sao Paulo, de que sigo en Brasil, intento desplazarme mente y espiritualmente a ese tiempo y espacio, y escribir desde el apartamento en Trastevere que hemos alquilado mis padres y yo para pasar nueve días en Roma. Intento desplazarme a ese momento, a ese sábado 15 de noviembre a las ocho de la noche, cuando habré vuelto de dejar a mis padres en el aeropuerto y me encuentre nuevamente solo. Mientras estoy ahí repaso lo que ha significado aquel viaje para nosotros, pero antes de comenzar a escribir sobre lo que ha significado aquel viaje para nosotros, pienso que no habrá un mejor momento ni lugar para escribir lo que ha significado aquel viaje para nosotros que ese apartamento, esa mesa del comedor que aún no conozco y sobre la que apoyo la computadora para escribir las líneas que estoy a punto de escribir. Un escalofríos recorre de repente mi cuerpo. Mi padre ha dejado una de las ventanas entreabierta, y por ahí se ha colado una ráfaga fugaz pero incómoda que acaricia mi cuerpo desde la punta de la mandíbula hasta la coronilla. Me levanto y voy hacia esa ventana, de la que estoy seguro ha dejado abierta después de fumar, pues encuentro una colilla de cigarro sobre el alféizar, y entonces la cierro, sin evitar mirar hacia la plaza, que se ilumina desde abajo con unas luces tan intensas que no sé cuántos lúmenes hacen justicia a su intensidad. Busco en Google así: «cuántos lúmenes tienen las luces de una lámpara de una plaza común», pero Gemini no sabe darme una respuesta acertada y en vez de eso me da una serie de pasos para identificar al responsable por la iluminación de las plazas en Argentina, invitándome a contactar a una autoridad local de acuerdo al municipio en que me encuentre, o bien, buscando en su sitio oficial la sección de alumbrado público, o bien, llamando a EDEMSA, que supongo es la empresa encargada del alumbrado público. Cierro Google y vuelvo a intentar trasladarme a aquel momento, en el que estoy en ese apartamento en Roma y ya he dejado en el aeropuerto a mis padres, que en pocas horas volverán a México mientras que yo lo haré al día siguiente, en el primer vuelo directo que va desde Roma a San Pablo. Vuelvo a concentrarme, a intentar concentrarme para poder explicar mejor lo que ha significado ese viaje para nosotros. El enunciado me da vueltas por la cabeza y atraviesa como un dardo cualquier idea que intente formular o describir. Ese enunciado es una intersección involuntaria a la que no puedo escapar, que se esfuerza por ser parte de cualquier idea que intento escribir. Y entonces caigo en la desesperación, pues en pocas horas, o quizá minutos, me dará sueño y entonces no podré aprovechar más ese momento, aquel 15 de noviembre de 2025, a las nueve de la noche, que era el mejor para escribir lo que ha significado aquel viaje para nosotros. Los minutos transcurren y yo sigo pensando por dónde empezar. Y tal como he predicho, a los pocos minutos cierro el computador y caigo sobre él, con los brazos extendidos sobre la mesa, y empiezo a dormir.
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Fue hace pocos meses que recuperé la capacidad de soñar. Aunque son historias comunes, mundanas, de vez en cuando aparece mi hermano en mis sueños. Mi papá ya no lo sueña, desde hace tiempo, aunque siempre que lo hace es su versión de niño. Duermo durante 15 minutos, hasta que el reloj que llevo en el brazo izquierdo me despierta. Y entonces comienzo a escribir nuestro viaje como un sueño, sin orden cronológico en la narración de los eventos, con detalles reconstruidos a partir de las fotografías del viaje, de los videos, de los tickets de los museos a los que fuimos y de todos los comercios en donde aparecimos los tres: mi madre, mi padre y yo.
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En la galería Borguese nos quedamos solos el David de Bernini y yo. Sólo el David y yo, en medio de una sala, un miércoles de noviembre a las 8 de la mañana. Fue un encuentro de poco más de 8 minutos, que pareció horas. Yo, con mi cámara y una libreta llena de apuntes, y él, con su mirada enfrascada en la escena que está a punto de suceder, determinada. Acerqué mi lente, primero, a su mano izquierda, que posa en la bolsa de la honda, donde está la piedra; luego, a su mano derecha, que tira hacia atrás la correa de la honda, momentos antes de lanzársela a Goliat. Es una representación de David en movimiento, y por ello no se puede describir esta escultura en un tiempo pasado. Quiero que me dirija la mirada, que desvié sus ojos hacia mí. Doy la vuelta hacia la entrada del salón y veo su torso, inclinado para ganar impulso en el lance. Tomo más fotos. Sigo dando vueltas en círculo, intentando grabarme cada detalle, y entonces me doy cuenta de que estoy en el momento más íntimo que hemos podido tener esta obra y yo. Es el David de Bernini y yo. Deseo que nunca llegue nadie a esta sala, pues solo saldré de aquí en el momento en que alguien más irrumpa en la habitación. Doy la vuelta y veo sus piernas, apoyadas apenas con las almohadillas de los pies, momentos antes de que salgan del suelo. Tomo más fotos. Ahora puede pasar cualquier cosa, puede entrar quien sea, estoy satisfecho con el encuentro.
Aparece un fotógrafo japonés para decirme que el obturador de mi cámara está demasiado lento para la iluminación que hay en la sala, me sugiere cambiar el ISO; es momento de salir de ahí.
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Me produce adrenalina tocar un objeto histórico. Si estoy frente a una pieza importante, se apodera de mí la voluntad de tocarla. Comenzó a suceder unos seis años atrás, en el museo de arte moderno de Suiza, cuando no resistí a tocar una de las columnas del edificio proyectado por Renzo Piano. Algo que me sobrepasa me obliga a establecer un vínculo físico entre la obra y yo. Tocarlo me hace pensar que soy capaz de romper esa línea temporal que nos divide, y me siento obligado a quebrar el convenio que lo convierte en un objeto de culto, inalcanzable. Desde luego que no he podido hacerlo con cualquier obra con la que me he cruzado en el camino, pero he podido hacerlo con ruinas del Partenón, por ejemplo, y recientemente con objetos específicos en la basílica de San Giovanni, o el Coliseo. Con los años he aprendido a controlar la vehemencia que me impulsa a ejecutar este tipo de disparate, pero confieso que es algo que de alguna manera tuvo que ser domesticado.
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¿Es temporada baja o nadie prioriza la basílica de San Giovanni en sus itinerarios de Roma? Cuando llegamos a la primera capilla edificada de la capital sólo había dos cachorros esperando afuera del predio que se anuncia como la Embajada de Japón, a un costado de la iglesia. La puerta estaba entreabierta y mi padre entró. Minutos después se asomó y bajo el dintel de la puerta de la capilla nos pidió que entráramos.
Las paredes de la basílica están llenas de murales desgastados por el paso del tiempo, parece ya muy tarde para restaurarlos. Los pilares son todos de diferentes estilos y presentan erosiones en la base. De nuevo, estamos solos en un sitio histórico. Nos acercamos al altar y encontramos un viejo piano al pie del presbiterio. Mi madre se ha quedado en una de las bancas, orando. Luego de unos veinte minutos salimos. Los perros se han ido. Un grupo de turistas alemanes desciende de una Van. Pedimos un Uber y nos vamos luego de tomar una foto familiar.
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Hace unos ocho años que no escribo ficción. Aunque es el género que más leo, no he conseguido pensar en otras vidas que no sean las nuestras, y con nuestras me refiero a la mía y la de mis padres. La última vez que intenté escribir ficción pensé en la vida de uno de mis profesores de maestría, y terminé escribiendo casi su biografía. Me di cuenta que por ningún motivo su vida no necesitaba la intervención de la mía, y en todo caso la empeoraba, pues había fragmentos en que casi lo ridiculizaba, como el siguiente: «Tenía que entrevistar a Bartolo para uno de los números de la revista. Era diciembre y teníamos poco material, así que un artículo sobre su más reciente descubrimiento sobre una de las sueltas de Sor Juana Inés de la Cruz era la manera más rápida de salir del apuro. No se me ocurrió un mejor lugar para hacerlo que un bar, pues en los tiempos de maestría bebía bastante, así que podría invitarle un par de tragos mientras me contaba sobre el hallazgo. Para mi sorpresa había dejado de beber. No de beber, más bien de beber alcohol, y lo que imaginé serían dos cervezas terminó en dieciséis, pero de cerveza Cero. Las bebía con apuro, y no miento si les digo que se bebió 16 cervezas Cero en un lapso de dos horas». Abandoné esta historia luego de sentirme mal por agregar aspectos de su personalidad que estaban lejos de abonar a la persona que en realidad era Bartolo.
A menudo, durante los paseos matutinos en la ciudad, pienso en qué me gustaría retomar la escritura de ficción, pero no se me ocurre otra cosa que la historia de este profesor. Le doy mil vueltas pero no termina en nada.
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Este texto continúa en desarrollo
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