Una libretita de 15 x 9 cm que llegó desde Nápoli. En esta, ahora, voy a comenzar mi primer poemario.
1.
Cuándo la distancia se vuelve exilio.
A qué fuerzas corresponde la eyección de
este cuerpo que no acepta su lugar.
Las naranjas saben diferente.
Esta ciudad no tiene tiempo para la nostalgia.
Los predios antiguos se derrumban con rapidez
no hay tiempo para la añoranza de una casa.
Uno sólo puede ser exiliado de un país que no cambia.
Allá los lugares, los colores, no cambian,
permanecen así para darte la sensación de que se estiran
en el tiempo y el tiempo con ellos.
Se parece a desdoblar la casa de tu abuela por toda la ciudad
porque las casas de las abuelas no cambian
y cuando lo hacen cambia el orden de todas las cosas
porque las casas de las abuelas no están hechas para sufrir cambios,
por eso irrumpir en esos espacios duele tanto
porque ellas configuran el mundo.
2.
Cuando la casa de mi abuela cambió
se desgajaron antes de tiempo las mandarinas del jardín
y se pudieron las azaleas.
El piano, que había permanecido ahí por más de 50 años,
dejó su contorno anunciado
demarcó su volumen sugiriéndolo
existiendo sin existir
como si fuera parte del set de Dogville de Lars Von Trier.
Varios objetos desaparecieron, de manera que la casa quedó,
poco a poco, sólo en nuestra imaginación.
3.
Sólo consigo escribir hacia el pasado. Me gustaría poder escribir sobre una ciudad que yo conocí. Más bien un pueblo. Pátzcuaro. Si fuera escritor escribiría todos los días de este lugar, y en cada página, como si se tratara de Bucarest. Todos los rincones de este lugar resplandecen cuando miro hacia ella. El asfalto mal empotrado con piedras irregulares forma una cama de algodones, y sus senderos, al paso de los senderistas, forman estradas irregulares pero perfectas, que forman senderos que le dan sentido a las cosas, y dota de brillo a los lugares, y ordena el mundo. Quiero morir aquí, sobre la plaza principal, como el personaje de Nostalgia, Felice, que vuelve de Egipto a Nápoli después de 40 años de autoexiliio. Me aferro a ella, pues todo lo que miro en ella está bañado de cobre, que deslumbra y refulge, que su luz es tanta brillante que enceguece.
4.
La casa de mi abuela Tita estaba llena de objetos que no cumplían su función original. Usaba la Maizena para curar quemaduras, ruda para destapar los oídos, y alguna vez me untó mayonesa en la mano cuando me explotó la televisión portátil de mis padres. Tenía también, en un tocador junto a su cama, un frasco lleno de marihuana con alcohol que se untaba en el cuerpo para amainar los dolores causados por su reumatismo crónico. Y en el cuarto de uno de mis tíos, de Gerardo, había un fardo de enciclopedias que servían para detener las puertas del balcón cuando las abría. Tanto mi abuela como los objetos de su casa estaban llenas de estas particularidades que a ojos de otra casa quizá se tratara de anomalías. Pero yo crecí con eso de manera natural, sin cuestionármelo mucho hasta hoy.
En la casa de los padres de Júlia sucede algo similar, pero con las piedras. Me llama la atención un conjunto de rocas que mi suegro ha coleccionado con el paso de los años. Piedras de 2, 4, 7 y hasta 9 kilos descansan sobre el gramado. ¿Cuál es la función de las piedras? No lo sabremos, pero hoy son objeto de contemplación y tienen su propia historia a partir de su encuentro con João. Algunas llegaron luego dar un paseo por el conjunto habitacional en el que habitan, y la primera pregunta que me surgió fue cómo consiguió andar con esa piedra envuelta entre los brazos, o qué habrían pensado los vecinos cuando lo vieron arrastrar una roca de una construcción vecina, como si se tratara de una vara que uno encuentra en un sendero.
Cuando le conté a Júlia sobre mi descubrimiento de esa colección me platicó que cuando fueron a Italia en el verano, luego de perderlo de vista por unos minutos, lo encontraron apencando una roca que encontró en una cimentación aledaña al predio donde se hospedaban, y que llegó al hotel a lavar para luego colocarla en su maleta y cruzar con ella mar y tierra para traerla hasta Brazil. Nunca sabremos cuál es la función de todas las rocas, pero ser coleccionadas es una de ellas.
5.
La lavadora de nuestra casa se estropeó y tuvimos que encontrar una lavandería. Encontramos una en Perdizes
y desde entonces es mi refugio.
Tiene sólo tres lavadores y tres secadoras
y no debe medir más que cuatro metros de frente por siete de fondo.
Tiene poca, poquísima concurrencia,
y el ruido blanco que generan las máquinas al centrifugar la ropa me tranquiliza.
No necesitas colocar jabón, está incluido, y cada máquina tiene el nombre de una ciudad japonesa que aún no conozco.
Tiene la decoración justa: un par de banderitas de Japón y Brazil,
un gatito blanco que mueve la manita en señal de saludo,
y un stand de libros que puedes leer o llevar a casa siempre que dejes uno a cambio.
Tiene también una máquina de sodas y agua, y no cuenta con programa de cliente frecuente.
En los últimos años he encontrado pocos sitios tan apacibles como ese.
–
La próxima semana vendrá un hombre a arreglar la lavadora.
Después de buscar por todos lados, finalmente encontraron la placa que necesita la máquina para funcionar. Y me deja nostálgico no tener más un pretexto para concurrir ese lugar. ¿Puedo ir a sentarme a leer mientras escucho las máquinas centrifugar la ropa? Puedo comprar una Coca-Cola y sólo eso, escuchar las máquinas girar mientras termino de leer una novela de Paul Auster.
6.
Gané un mes de prueba gratuito en Class Pass, una aplicación que te permite reservar aulas de yoga y bienestar. La única condición: no puedes reservar más de una vez el mismo estudio. Desde entonces he recorrido casi veinte a lo largo y ancho de la ciudad, y hasta gané una insignia de reconocimiento en el aplicativo. Desde la Mocca hasta Perdizes, pasando por los de Pinheiros, Vila Madelena y Jardins. Clases de vinyasa y hatha yoga, pero también me he aventurado a prácticas como el Tai Chi (era el único en la clase), el Chi Kung, el Minduful Movement y hasta el yoga adventure. En todas me quedo dormido al final de la práctica. La más vergonzosa me ocurrió en un estudio de Vila Mariana, en donde me despertó uno de mis ronquidos.
Hoy es domingo y me encuentro más cansado que de costumbre, pues no he parado un solo día para aprovechar el total de los créditos que me fueron otorgados. Me duelen las lumbares, pantorrillas y abdomen, y hoy por la mañana me dolía hasta la cabeza. La prueba me volvió un yogui de alto rendimiento.
7.
La clase de Marcella es casi una coreografía acompasada de música de piano.
Durante su clase menciona el verbo recordar, que en portugués es «decorar». O seu corpo decora, dice. El verbo decorar, recordar en español, comparte raíz etimológica con la palabra coraçao, que viene del latín cor, por lo que en portugués se recuerda con el corazón.
8.
Marcella dice que en algunas culturas orientales la mente está en el corazón, lo que le da aún más sentido al verbo decorar.
9.
«He regresado, querido Sameschkin. Que otros recorran el mundo. El mío está muerto. He vuelto para descansar aquí eternamente». Joseph Roth en su novela Job.
10.
El Instituto Moreira Sales. Las fotografías de Luiz Braga. Las películas en Petra Belas Artes. Las películas de Kleber Mendonça Filho. Las hamburguesas y los chopps del bar Riviera. La arquitectura de Artigas. Los colores de las casas de Caraíba. La puesta del sol a la orilla del mar que vimos en Praia Satu. La comida de Bahía. La vista desde el Sesc de Avenida Paulista. Los jardines interiores de Atsunobi Katagiri. Los edificios de Ruy Ohtake, y su atelier. La comida de las fiestas juninas. El álbum que grabaron en el 76 Stan Getz y João Gilberto. El Sesc Pompéia. La arquitectura de Lina Bo Bardi. Su casa de vidrio. Las noches de Carnaval. Los paseos en bicicleta en la laguna de Río de Janeiro. La vista desde el Cristo Redentor. El café de Absurda Confeitaria. La ciudad que es Brasilia. Sus atardeceres. El parque Ibirapuera de noche, y los auditorios de Niemeyer iluminados apenas por la luna llena. La casa del arquitecto Jorge Zalszupin. Los dibujos de Elisa Arruda y las manzanas de Laura Vinci en el MuBE. Las piezas de José Dávila en la galería Nara Roesler. La casa de Paulo Mendes da Rocha. El museo de Inhotim, al que Júlia me llevó en mi cumpleaños. Las piezas de Adriana Varejão. Las instalaciones de Cildo Meireles. La galería de Cristina Iglesias y Lygia Pape. Los pabellones de ,OVO en las bienales de São Paulo. La casa modernista de Flávio de Carvalho. Los páneles externos de Portinari en Belo Horizonte. Las piezas de Olafur Eliasson. La galería de Marilá Dardote, donde plantaste un árbol. El picadinho. La feijoada. Los pasteles de carne en las ferias sabatinas. Las piedras de Amelia Toledo. Las instalaciones de Carmela Gross, que conocieron mis padres. La piscina de Jorge Macchi en Brumadinho. Las velas de Carlos Garaicoa. Los árboles de Giuseppe Penone. La arquitectura de Calatrava en Río. El Sonic Pavilion de Doug Aitken. La casa de Chu Ming. Júlia. Mis amigos. La gente.
Me regalaste tu lengua, Brazil.
Te amo.
Hoy
vtrajotrajo
trajo
Deja un comentario