Este es el segundo tomo de mi diario personal. En términos materiales se trata de la segunda libreta que compré en una papelería junto al café Sous-bois en Vienna en junio de 2023. Hoy es 24 de febrero de 2024 y comienzo este diario.

Este es el segundo tomo de mi diario. En términos materiales se trata de la segunda libreta que compré en una papelería junto al café Sous-bois en Vienna en junio de 2023. Hoy es 24 de febrero de 2024 y comienzo este diario.
Estoy sentado sobre el asiento 13 F de del vuelo 8110 de Latam Airlines. Sobre la mesa de lectura he dejado Fin, el último tomo de la entrega más popular de Karl Ove Knausgård. Una mujer de unos 70 años me saluda. ¿Te gusta Knausgård?, me pregunta. Y no sé bien qué responder. He dicho que he leído toda la entrega, más la tetralogía de las estaciones. A pesar de que he leído doce o trece libros de él, no sé si me gusta tanto como el número de mis lecturas indica, sino es la ansiedad la que me impide abandonar la saga a medias. Necesito saber cómo termina, cómo se desenvuelve y qué hay hasta la última página de sus libros. Me gustaría responderle la verdad: «No, señora, no me gusta, pero ya lo empecé y me es imposible abandonarlo. Siempre tengo que llegar hasta el final».
Estoy sentado sobre el asiento 13 F de del vuelo 8110 de Latam Airlines. Sobre la mesa de lectura he dejado Fin, el último tomo de la entrega más popular de Karl Ove Knausgård. Una mujer de unos 70 años me saluda. ¿Te gusta Knausgård?, me pregunta. Y no sé bien qué responder. He dicho que he leído toda la entrega, más la tetralogía de las estaciones. A pesar de que he leído doce o trece libros de él, no sé si me gusta tanto como el número de mis lecturas indica, sino es la ansiedad la que me impide abandonar la saga a medias. Necesito saber cómo termina, cómo se desenvuelve y qué hay hasta la última página de sus libros. Me gustaría responderle la verdad: «No, señora, no me gusta, pero ya lo empecé y me es imposible abandonarlo. Siempre tengo que llegar hasta el final»
–
–
Hace unas semanas caí en la cuenta de que Júlia usa muy poca pasta dental para cepillar sus dientes. Mientras yo cubro de blanco toda el área de las cerdas del cepillo, ella apenas coloca lo correspondiente a una semilla de limón. Me resulta claro que soy yo quien está mal, pues Júlia es hija no de uno sino de dos dentistas. De ahí que ahora, cuando cepillamos juntos nuestros dientes, soy moderado con el uso de pasta dental y simulo colocar de manera natural la misma cantidad que ella usa sobre el cepillo de dientes.
–
–
La arquitectura es la disciplina que mejor convoca al resto de las bellas artes.
–
Hace unas semanas caí en la cuenta de que Júlia usa muy poca pasta dental para cepillar sus dientes. Mientras yo cubro de blanco toda el área de las cerdas del cepillo, ella apenas coloca lo correspondiente a una semilla de limón. Me resulta claro que soy yo quien está mal, pues Júlia es hija no de uno sino de dos dentistas. De ahí que ahora, cuando cepillamos juntos nuestros dientes, soy moderado con el uso de pasta dental y simulo colocar de manera natural la misma cantidad que ella usa sobre el cepillo de dientes.
A dos horas del aeropuerto de Porto Seguro, después de un accidentado sendero, se encuentra la comunidad de Caraíva, la aldea más antigua de Brasil. Los primeros portugueses llegaron ahí en 1530, y hasta 1970 la villa vivía 100% de la pesca. Fue apenas en 2007 que la energía eléctrica llegó a la aldea.
Nos hospedamos en un conjunto de cinco casas de una mujer de unos sesenta años, delgada y alta, que dice haber llegado ahí hace 25 años. Sus tres hijas fueron criadas en la aldea que hoy tiene cerca de 900 habitantes. Una de ellas, cuyo nombre nunca pregunté, sirve el desayuno a los huéspedes y anota cada mañana la amplitud de la marea y la temperatura máxima como mínima sobre una pizarra en la recepción.
A las 9 de mañana salimos a tomar un café a la recepción, donde nos recibe con la mesa puesta, panes de queso y café americano. Sobre la mesa hay un matrimonio compuesto por un hombre de unos 67 años y su mujer, de unos 63. Ella es brasileña y él holandés. La hija de la dueña toma el gis y sobre la pizarra escribe la temperatura del día: mínima de 15 grados con una máxima de 21. Se espera lluvia el resto del día. Pueden visitar las tiendas de la aldea, dice la joven, tratando de animarnos. Mientras para todos el temporal ha arruinado nuestros planes, el holandés se muestra optimista: ha resuelto contratar un tour para ir a Barra Vieja y a la playa Satu. Es holandés, odia el sol, nos dice por lo bajo la joven. Mientras terminamos nuestro café, lo vemos salir de la posada con un sombrero y una toalla bajo el brazo.
–
A dos horas del aeropuerto de Porto Seguro, después de un accidentado sendero, se encuentra la comunidad de Caraíva, la aldea más antigua de Brasil. Los primeros portugueses llegaron ahí en 1530, y hasta 1970 la villa vivía 100% de la pesca. Fue apenas en 2007 que la energía eléctrica llegó a la aldea.
Nos hospedamos en un conjunto de cinco casas de una mujer de unos sesenta años, delgada y alta, que dice haber llegado ahí hace 25 años. Sus tres hijas fueron criadas en la aldea que hoy tiene cerca de 900 habitantes. Una de ellas, cuyo nombre nunca pregunté, sirve el desayuno a los huéspedes y anota cada mañana la amplitud de la marea y la temperatura máxima como mínima sobre una pizarra en la recepción.
En la posada donde nos alojamos hay un par de caballos pastando. Uno de ellos tiene una marca de pintura azul en el medio, que divide su cara en dos. Es la manera en la que los moradores reconocen a sus potrillos. Su nombre es Olavo, aunque al principio confundimos su nombre con el de Osvaldo. Algunas mañanas, nos dice la casera, tiene la costumbre de acercarse a la recepción, donde los huéspedes toman el café de la mañana. Cuenta que un día un huésped francés le dio pan, y desde entonces, en un ejercicio de memoria afectiva, Olavo se acerca a esa mesa con la esperanza de que algún huésped le dé un pedazo de pan. Pero eso no sucede ni sucederá más, pues ella pide encarecidamente a los huéspedes que no alimenten a Olavo ni a ninguno de los animales que merodean su posada, incluyendo a los macacos.
Al día siguiente, entrada la tarde nos encontramos a Olavo en una senda estrecha que corta el camino entre la posada y la playa. Está solo, olisqueando una de las grandes bolsas de basura afuera de una cafetería local. Entre la línea azul que divide su cara vemos sus ojos, y seguimos nuestro camino.
–
Todos los días camino intencionalmente por el cruce de Simão Álvares y Navarra. Procuro esta ruta porque en la esquina hay una tienda de brigadeiros y el olor a chocolate y dulce de leche que inunda la calle me trae calma. Cuando empiezo a acercarme a la tienda camino más despacio, sin levantar sospechas. Me quedo un poco al filo de la puerta, simulando apreciar los predios de enfrente, mientras delicadamente me concentro en oler: simple y sencillamente en oler.
–
La semana pasada compré dos pequeñas piezas del escultor brasileño André Filur, a quien descubrí en un «chá de bebé» en casa de mis amigos Cris y Danilo. Mientras me servía un té helado vi junto al mueble de la televisión una cabeza de cera blanca delicadamente tallada. Era tan lisa que pude resistirme a la tentación de tocarla, pero no a la de preguntar cómo había llegado ahí. André era su amigo y se las había regalado en la inauguración de una galería en la zona este de São Paulo. Me compartieron su perfil y al día siguiente -sin importarme que fuera domingo- entré en contacto con una de las galerías que vendía sus piezas. Por el momento la serie de diez piezas estaba agotada y el artista trabajaba sobre pedido, así que si quería sus obras debía pasar a abonar una parte del precio para que el artista comenzara a trabajar en las cabezas. Y así lo hice, me di prisa, él también, y hoy las piezas reposan sobre este escritorio en el que escribo. Tocar sus lisas cabezas me da paz, su tallado alcanza el grado de perfecto.
Algo interesante de estas cabezas es que desprenden un olor rancio. La cabeza blanca libera un olor más agrio, podría decirse que es casi avinagrado, pero detrás de esta capa se esconde el elegante olor de la cera; mientras tanto, de la cabeza negra se desanuda en el primer vaivén un tufo a laca quemada, que ha terminado ofuscando el olor de la cera, pero que en definitiva esconde, repito, un olor rancio, salado.
–
Como quedé bastante contento con el trabajo de André, me di a la tarea de escribirle. Le dije que había adquirido dos piezas: Agradecimento I y II. Me dio las gracias, y yo se las devolví. Le dije que en la mayoría de las galerías tenían sólo su obra gráfica exhibida, a lo que respondió que finalmente eso era: más un artista gráfico que un escultor. La realidad era que había hecho diez piezas de aquellas obras y las había regalado a sus amigos, entre ellos Cris y Danilo. El problema que yo tenía, y que no podía compartir con él, es que su trabajo como artista gráfico no me gustaba nada. Si estaba obsesionado con su técnica era solo en su trabajo como escultor, se considerara o no como tal. Me animé a preguntarle si había alguna otra cosa que pudiera ofrecerme, a lo que respondió que sí, que lo mismo que la cabezas no tenía nada producido, pero si estaba interesado podría trabajar en una gorda mano derecha, semi empuñada, con el dedo índice mutilado. Al menos en la imagen parecía, nuevamente, una pieza exquisitamente tallada. Su precio era cinco veces más que cualquiera de las cabezas, pero su trabajo implicaba más detalle por los pliegues que se formaban en las almohadillas de los dedos. Me llenaba de curiosidad ese dedo índice desprendido y el color ocre con el que había decidido pintar la mano. Definitivamente me obsesioné con la pieza, y aunque no tuve dudas de que su precio valía cada centavo, por el momento no contaba con la liquidez que demandaba comenzar su operación. Le agradecí y le dije que lo contactaría más adelante.
–
Con la intención de mejorar mi pronunciación del portugués, esta semana comencé a visitar el consultorio de Sabrina, una fonoaudióloga brasileña especialista en lenguaje hablado. Su consultorio está cerca de la Avenida Paulista, y resultó estar en el mismo predio que el consultorio de la alergóloga que visité el mes pasado. Poca probabilidad, claro, pero no así tan poca si tomamos en cuenta que en el último año, luego de adquirir un seguro médico amplísimo que cubre múltiples especialistas, comencé a marcar citas con todo tipo de médicos: alergólogos, dermatólogos, neurólogos, endocrinólogos, cardiólogos, internistas, entre otros. Así que Sabrina fue mi última ocurrencia. Cuando llegué en la sala de espera había dos niños de unos 5 y 6 años, y luego de entrar en el consultorio terminé de confirmar que la mayoría de sus pacientes eran niños que no podían pronunciar bien la R o la Z o la J, o cantantes de ópera y reporteros, pero también pacientes con cáncer de laringe. Creo que Sabrina se asustó al ver mis ojos porque luego de ese comentario cambió de tema y dejó de hablar del perfil de sus clientes.
El consultorio tenía dos mesas, una con sillas más altas y otra con un par de sillas azules para niños de máximo 5 años. Además, sobre la mesa había hojas sueltas con garabatos hechos por niños, lo que me hizo pensar que también había pacientes con problemas de grafía.
Le llamó la atención un libro de Federico Falco que yo acababa de terminar en el metro camino a la consulta. Pensé que lo conocía, pero no, preguntaba por mera cortesía. Aunque lo fácil hubiera sido responder que sí, preferí ser sincero y respondí que era muy malo y me había dejado llevar por la recomendación de la regente de la librería Alma Negra en Santiago de Chile. Omití detalles como que el día anterior, aún sin terminar del todo el libro, había evaluado con dos estrellas el conjunto en Goodreads. Dejó escapar una sonrisa y después de esa ligera digresión volvimos al asunto que me había llevado a ella: los sonidos de las letras Z y S, y la diferencia entre la B y la V estaban complicando que algunas personas entendieran directo lo que yo quería expresar. Quería mejorar mi pronunciación. Y entonces ahí, sobre la mesa, utilizando la parte posterior de una hoja en donde había escritas las siete vocales de la lengua portuguesa con la grafía de alguien a quien le han vendado los ojos y le han obligado a escribir comenzó a impartir cátedra. Me habló de prosodia, de melodía y velocidad, de ritmo y énfasis. Me mostró la pronunciación de la S y la Z tomando mi mano y llevándola a su garganta para sentir la vibración que emite la Z en portugués. Luego de eso diagramó las consonantes y las agrupó por sonidos cortos y alargados, así como aquellas otras en donde la lengua se coloca en la parte posterior de la boca. De un momento a otro dimensioné la cantidad de movimientos que una lengua es capaz de hacer. Terminamos la sesión y sugirió marcar un retorno el siguiente lunes. Al salir del consultorio nos dimos la mano y al dar media vuelta los ojos de los niños se cruzaron con los míos; no pude evitar pensar que por su mente se atravesara la pregunta: «¿Tan grande y tampoco sabes hablar?».
–
Como sé muy poco de poesía, le escribí a mi amigo Paco para que me recomendara un libro. Me respondió: «Casi no me gusta recomendar libros, Fer. Están muy caros y voy a sentirme con la responsabilidad de que te termine gustando». Tiene razón, pensé, los libros son carísimos y no está uno para andar perdiendo ni el dinero ni el tiempo.
Ojalá más personas pensaran como Paco, pero qué hay de aquellas que viven de ello, como los regentes de las librerías. En todo caso los libreros argentinos tienen un margen de error más amplio, pues los libros allá son más baratos. Pero no los regentes chilenos, porque si hay un lugar en donde los libros son caros en serio este es Chile. Y a mí se me ocurrió ir no a una sino a dos librerías en Santiago el mes pasado y preguntarle a los gerentes sobre algún conjunto que consideraran notable. En ambas ocasiones me recomendaron libros de mierda. Primero, en el la librería El Partenón me recomendaron La muerte juega a ganador de Ramón Díaz Eterovic. El tendero se atrevió a decirme que Eterovic era el Paul Auster andino. Luego, para mi mala fortuna me ocurrió lo mismo en la librería Contrapunto. Ahí me fue peor porque me recomendaron Diálogo con mi sombra de Pedro Juan Gutiérrez, una auto entrevista insufrible de más de 300 páginas que tiene el descaro de tener como apéndice una entrevista aburrídisima entre él y Guillermo Arriaga.
Sería injusto decir que sólo he recibido malas recomendaciones. En otro viaje a Chile en 2023 tuve la suerte de caer en manos de un estudiante de Letras en la librería Nueva Altamira. Gracias a él descubrí grandes libros como Piña de Gonzalo Maier o Un verdor terrible de Benjamín Labatut. Otros buenos descubrimientos llegaron gracias a los regentes de la librería Libro Verde de Providencia, donde me recomendaron a Pablo Ramos y a Jon Fosse.
Por mi parte en 2024 he leído 25 libros, pero no me atrevería a recomendar ninguno. Recomendar libros debería ser un oficio remunerado y matriculado. Todo sería más fácil si hubiera una certificación que nos permitiera conocer la especialidad del Recomendador de Libros. Tendríamos lectores más felices y aplicaciones como Goodreads no estarían llenas de reseñas y comentarios hostiles. Si como dijo Rubén Goldberg, «siempre hay un libro para cada lector y un lector para cada libro» no hay entonces libros malos, sino hay malas recomendaciones de libros.
–
Hoy me pasé la mañana viendo videos de André Agassi en el móvil. El culpable ha sido Alessandro Baricco, pues en uno de sus últimos libros hace una recomendación que por algún motivo sentí personal e intimista. ¿Por qué? Porque siento que un libro de recomendaciones no debería de existir por el hecho de ser un ejercicio íntimo, lo que en todo caso, al ser publicado, resulta incómodo: son sus recomendaciones, sus lecturas, sus libros, presentados todos en un conjunto que pide a gritos no leerse, mucho menos comprarse. Da pudor hacerlo. Pero lo he leído y ha sugerido -al lado de libros como Breakfast at Tifanny’s de Capote- Open, la autobiografía de Agassi, que define como el mejor libro que leyó la última década.
Su recomendación no defrauda; en efecto, este libro es especial. Lo ordené por Amazon México y lo trajeron mis padres a San Pablo hace dos semanas. Desde que comencé a leerlo no puedo dejarlo, y he ido más allá de las páginas de la autobiografía. Hoy, en el marco de la edición 123 del Roland Garros, asistí en Youtube su último partido en el US Open contra el alemán Benjamin Becker. Agassi pierde el partido tres sets a uno, y al final, tras una ovación atronadora rompe en llanto mientras se cubre la cara con una toalla. El niño al que no le gustaba el tenis ha dado fin a una carrera fuera de serie. Ocho Grand Slams, sesenta títulos, más de ochocientas victorias como profesional y más de treinta millones de dólares en premios. Pero no le gustaba el tenis. Cuánto tiempo puede uno resistir sin hacer lo que a uno le gusta. A costa de qué. Pienso que la carrera de Agassi confirma que este mundo no está para darle gusto a nadie, que en este mundo se hace lo que se tiene que hacer y su padre se encargó de enseñárselo desde niño. La foto de Andre Agassi a sus ocho años estampada en la contraportada del libro me trastoca. Cada que me detengo después de un rato de lectura termino llorando. Después de leer este libro nadie que se considere humano podrá dejar de sentir pena por él, pienso. Pero este libro se trata también de un ejercicio personal. Lloramos porque vemos en la vida de Agassi nuestra propia existencia machucada, nuestros sueños de infancia triturados bajo la inercia de las voluntades todas excepto la nuestra.
–
Con motivo de una limpieza dental programada, esta semana visité al doctor Roberto en su consultorio. Es la Taylor Swift de los dentistas: todo mundo lo conoce, sobre todo los funcionarios de empresas de tecnología como Google, Meta o Amazon. Se puso de moda desde la época en que Yahoo era uno de los principales jugadores en la escena de la industria digital. Así que cuando llegué en su consultorio se lo dije. Todo mundo habla de usted, tenía que conocerlo. Soltó una risada, es decir, un cúmulo de micro risas que de inmediato me hicieron confirmar por qué es que todo mundo lo conoce. Para ser dentista es usted muy carismático, le dije. Lo tomó con humor y desviando el tema me dijo que conocía bien México. Es decir, el México de los gringos, pero lo conocía. Tulúm, Playa del Carmen, Cancún. Fui con mi esposa hace tres años, y para serte sincero fui extorsionado por un policía mientras viajaba por la carretera Federal de Chetumal. Desde ese entonces me hice una promesa a mí mismo: me vengaría de eso con el primer mexicano que se atravesara en mi consultorio; así que pásate, eres bienvenido. Me quedé helado y luego, cuando comenzó a emitir su singular risada -es decir su cúmulo de micro risas- no pude evitar soltar una carcajada.
Me limpió los dientes con particular vehemencia, y al despedirnos me regaló un cepillo dental en el que está grabado su nombre completo y su Whatsapp. Luego, en el transcurso a la oficina, noté que me había adicionado a su red de amigos en Linkedin. Noventa amigos en común. El doctor Roberto, sostengo, no sólo es el dentista más famoso de San Pablo sino también uno de los personajes más pintorescos y agradables que he conocido en mi paso por este país. Le debe mucho a sus secretarias, que apenas gesticulan y cuya seriedad mantiene su consultorio cierto nivel de profesionalismo. Sin ellas aquello sería un cabaret y usted se sentiría verdaderamente parte de un burlesque.
–
La semana pasada Júlia y yo fuimos al Instituto Inhotim en Minas Gerais. Alquilamos un auto para llegar a Brumadinho desde Belo Horizonte. Ambos desconocíamos el camino para llegar, por lo que también dependíamos de Waze para volver al apartamento que habíamos alquilado para la visita. Pero tomamos tantas fotos y videos que, cerca de las tres de la tarde, nos quedamos sin batería en los teléfonos. Así que fuimos a la recepción y a un par de cafeterías dentro del predio pensando que sería fácil resolver la situación, pero nadie tenía un cargador. La tarde había caído y estábamos cansados, así que no hicimos mucho más que seguir andando sin tocar el tema. Fue afuera de la Galería True Rouge que Júlia y yo discutimos porque yo utilicé mi último 6% de batería para tomar fotos a la instalación de Tunga.
Con los teléfonos descargados seguimos recorriendo los caminos que nos llevaron a De lama lámina, una de las obras de Watthew Barney que se encuentra en medio de una floresta de eucaliptos. Dos grandes domos geodésicos de acero y vidrio contenían un enorme tractor embarrado de lodo que arrancaba desde las raíces un árbol de resina. Dentro de la instalación, me percaté que uno de los empleados del instituto estaba sentado en una silla mientras escribía un mensaje de texto desde su móvil, conectado con un cable a una toma eléctrica. Me acerqué y le pregunté si podría prestarnos su cable para cargar uno de los móviles. Nos dijo que sí y entonces llamé a Júlia para que colocara su teléfono.Teníamos cero por ciento de batería, y cargarlo al 20 por ciento demoraría por lo menos una hora.
Así que estuvimos cerca de una hora dentro de aquel domo. Contemplamos el conjunto desde cualquier ángulo, percatándonos de cada uno de los detalles de la obra de Barney, estudiando la compleja estructura compuesta de cientos de triángulos de acero laqueado en rojo. En algún momento nos ganamos la confianza del empleado, que salió para ir al baño dejándonos completamente solos dentro del salón: éramos solo nosotros y De lama lámina. Aislados de todo el mundo y suspendidos en la atmósfera que el artista había creado para nuestro encuentro con aquel montaje, que había esperado años para acontecer. Minutos que duraron un siglo, arrojados al atroz encuentro entre la máquina y la naturaleza, atestiguando la inevitable embestida motorizada del monumento.
A los pocos minutos de haber regresado, fuimos obligados a abandonar el lugar. El parque estaba cerrando por hoy. Salimos en silencio y con la carga al 17 por ciento volvimos de regreso a Belo Horizonte por una carretera rural.
–
A menudo imagino una vida como la del protagonista de «Sueño de invierno». Me pienso en la habitación de un hotel en las montañas de Capadocia, mientras veo la nieve del invierno caer en copos por la ventana, y escucho una música, y escribo que escribo…
–
Si pudiera elegir un don, me habría gustado gustado tener la habilidad de esculpir. O tal vez ser un artista plástico, o multidisciplinario. Y mi obra de arte sería la construcción de una ciudad. Entregaría ese proyecto para una bienal, y se llamaría «La ciudad». Y habría que alquilar una ciudad para mostrarla, pero eso hoy, que antes podría significar un reto, sería posible. Con apoyo de fundaciones, del sector empresarial, gubernamental y privado, le pagaríamos a todo un pueblo para desalojarlo por unos días, o quizá semanas o meses, para entonces mostrar el proyecto. El proyecto se haría famoso, por su dimensión, y sería comprado por algún museo, lo que permitiría devolverle el dinero a todos los involucrados en subsidiarlo. Para bien o para mal, luego de unos pocos años, los dueños habrían decidido venderlo por partes, tanto por su dimensión como por su precio, no sin antes pasar por un controversial debate entre la crítica, que consideró poco ético el acto, calificándolo como deleznable, en una falta de sensibilidad y de respeto al artista.
El resto del conjunto sería donado a una institución, para después ser olvidado en alguna bodega, como aquellas mega esculturas de Richard Serra que desaparecieron luego de un largo periodo en el Museo del Prado. Pero a pesar del tiempo, permanecería por algunos años en la primera página de los buscadores si uno escribe «La ciudad proyecto de arte Fernando Herrera» conectado a una IP de México. Y habría sido, por último, citado en un par de tesis de estudiantes del posgrado en Historia del Arte, hasta desaparecer completamente, sin saberse exactamente qué día, luego de cerca de siete años.
–
La semana pasada me preguntaron si tenía hermanos. Si era hijo único. No lo soy. Te tuve a ti, Beto, como hermano. Pero tu muerte nunca ha terminado de doler, y entonces cuando me preguntan si soy hijo único últimamente digo que sí, porque hablar de ti es entrar a un vórtice lleno de preguntas como espinas, y entonces prefiero decir que sí, que soy hijo único.
Durante los primeros años decía que no, y hablaba de ti. Pero había personas que indagaban en la causa de tu muerte, y yo tenía que explicar muchas cosas que terminaban desanimándome durante días. Me duele decirlo, porque decir que soy hijo único es negar tu existencia y tu legado, pero también me duele aceptarlo. Espero que puedas perdonarme cuando respondo así a esa dolorosa pregunta, pero no puedo hacerlo de otra forma.
–
Ayer me enchilé por primera vez enfrente de Júlia. Comí tanto chile de árbol en un sanduíche que no sólo empecé a llorar, hiperventilé. Evidentemente tomó un susto y me preguntó si estaba pasando mal. Creo que nunca había visto a un mexicano comiendo. Respondí que más que pasarla mal, estaba enchilado. ¿Estar enchilado es pasarla mal? Por increíble que parezca, la respuesta es no, aunque resulta difícil justificar ante los ojos de un extranjero, o de cualquiera que no se haya enchilado nunca en su vida -como es el caso de la mayoría de la población mundial- que llorar y ponerse rojo como calabaza, además de escurrir mocos por la nariz y bufar buscando apagar un fuego que no existe sea algo placentero. Pero lo es.
–
El verbo enchilarse no tiene traducción al portugués.
–
Hace tiempo que no podo el jardín. La última vez que lo hice lo estropeé, pero estoy en el punto en que siento falta de entrar en contacto con las plantas. Me gusta arrancar la materia muerta, sus impurezas; es una sensación parecida a lo que resulta cortarse las uñas, sonarse los mocos, rasurarse. Cualquiera de estas te otorga la sensación de control, de orden y progreso.
Efectos similares produce el agrupar productos de cocina como cucharas, tenedores y cuchillos, además del acto de ordenar por tamaño las ollas y cazuelas. Y desde luego, escribir, que ordena las letras bajo su propio cauce, encontrando en cada párrafo su ritmo, y las palabras pronunciadas su cadencia. Nada como el ejercicio de escribir configura y le da sentido a mi mundo. Lo agrupa, lo desordena, lo ve desde afuera y desde adentro; también le otorga el antídoto contra el olvido, aunque eso a veces desemboque en aguas revueltas o estancadas.
Escribir también se parece a las olas del mar. Todo el tiempo. O mejor dicho: escribir es el mar, todo acontece al mismo tiempo, hay olas por todos lados, de diversas fuerzas. Los ojos, el oído y la piel intentan acompañar la situación que es el mar, pero el mar es más grande, y solo puede asimilarse por partes, como la literatura.
El mar es inmenso, y por su naturaleza inconmensurable solo puede recordarse de manera limitativa. Se recuerda siempre desde la línea del horizonte y hasta la orilla. Y en medio está el mar, cuyo límite no es el mar mismo sino nosotros mismos, que no podemos sino entenderlo y concebirlo fijando la vista en la línea del horizonte. Fijar la vista en esta extensión que hace al mar una plancha plástica es lo que nos otorga la facultad de entenderlo. No hay manera de abstraerlo, al mar, pues su única posibilidad de recordarlo es sino arrojando la vista hasta el punto más lejano del agua azul para por un momento sentir que lo entendemos.
–
Hace unos años comencé involuntariamente una colección de perros de barro. Estaba en el Museo Dolores Olmedo cuando pateé, sin ninguna intención, uno de los xoloescuincles que están como campo minado sobre toda la plancha del patio central. Cayó de costado, lentamente, y al recostarse se partió el lomo en dos. Tuve que pagarlo, y como lo pagué tan caro lo mandé a restaurar. Ya restaurado, lo coloqué en una mesa auxiliar en la sala, en el departamento donde vivía en la colonia Escandón. Al paso de los meses me parecía que estaba muy solo, así que en La Ciudadela compré un juego de tres piezas de perritos danzarines. Más tarde, en una visita a Nico, uno de mis amigos que vive en Querétaro, compré otro par en la casa de las artesanías, en el centro. Y así, con el paso del tiempo, se han acumulado perritos hasta formar una tribu decente que hoy descansa sobre el corredor en el segundo piso de mi casa.
–
Pensé que luego de terminar esta segunda libreta, que a la postre se convertiría en mi segundo diario, no escribiría más en libretas. Pero en su viaje por Italia Júlia me compró un cuadernito con la portada de un atardecer en Nápoles, y creo que terminaré por escribir poesía. Hasta hoy he escrito sólo dos poemas, pero me gustaría tener un poemario. Algunas veces siento la necesidad de escribir un poemario. Llenarlo de poemas sobre el mar (María Gainza dijo que todo el que se llame escritor a sí mismo ha escrito algunos versos sobre el mar), o sobre las vacaciones. O mejor, sobre un viaje en vacaciones; o sobre una visita al museo, o a varios museos. Poemas sobre el exilio, o sobre ver a los padres envejecer. Sobre los pianos, o sobre los pianistas de los restaurantes, o de los hoteles. O sobre la portada de la libreta, esa acuarela de un atardecer en el Puerto de Nápoles, mientras los botes encallan. Hay muchos motivos para intentar escribir un poemario.
–
Hoy visité la exposición de Carlito Carvalhosa en el Sesc Pompeia. Una de sus instalaciones consiste en un conjunto de telas traslúcidas que juntas conforman un circuito. Están dispuestos en uno de los galpones principales, y los adultos lo atraviesan con sutileza, algunos hasta lo recorren con las manos atrás. En cambio, tres niños lo transitan galopando, trastabillándose, no se han caído de milagro y han convertido la instalación de Carvalhosa en una casa de espantos. La madre coge del brazo a una de los niños, mientras el padre alcanza a los otros dos. El padre le susurra a uno de ellos: «En este lugar no está permitido correr. Además puedes caerte, o derrumbar a tu hermano. Y tú -dice dirigiéndose al segundo-, ¿quieres que vuelvan a darte diez puntos en la cabeza?». El niño sonríe tímidamente, con la mirada perdida entre los telares.
A los niños no les preocupa el arte, mucho menos las instalaciones. En todo caso les estorban. El galpón es demasiado grande pero está lleno de telares, postes de luz que se aglutinan unos sobre otros en el suelo, monolitos de yeso. ¿Todo eso para qué? Lo que puede ser un campo de juego para los niños, Carlito Carvalhosa lo ha convertido en un campo minado que hay que transitar con diligencia y en custodia de los padres. El juego ha terminado para ellos y quieren salir de ahí cuanto antes. A la mierda todo este arte.
–
Hoy revisé las métricas de este Diario en WordPress. Como entiendo poco sobre cómo se opera por error pagué la versión premium y ahora no tengo ni anuncios y sí un montón de métricas desaprovechadas para alguien que recibe en promedio 28 visitantes al mes. Si eres parte de estas 28 personas que lee este diario, gracias.
La versión premium de WordPress está llena de métricas innecesarias de verdad. Yo la pagué creyendo que era mandatorio para poder publicar con acentos y mayúsculas. Ridículo, lo sé, pero no me di cuenta de que me hubiera ahorrado 55 dólares actualizando a una versión nueva del código que ayuda con la compatibilidad de fuentes. Pero bueno, hoy gracias a eso tengo visibilidad de que han pasado por aquí 1,362 lectores. En el último año, para mi sorpresa, tengo más lectores en China que en México. Lo que me lleva a pensar que mi familia y mis amigos, que al principio eran el grueso de mis lectores, cada vez me leen menos. Pero es porque no lo promuevo, y al contrario, cada vez creo resguardarlo mejor. Tampoco digo que esto sea un documento privado, pero lo anuncio en menor medida que en años pasados. Otra métrica interesante: tengo 15 lectores en Singapur, y en 2023 tuve 5 lectores en Arabia Saudita. Basado en estas métricas pienso que debería comenzar a escribir para el público asiático. Tengo más lectores en Asia (75) que en todo Sudamérica (39).
–
Cuando termine mi año de WordPress premium voy a cancelar mi suscripción.
–
Este año no he sabido elegir mis lecturas. El año pasado estuvo lleno de buenos libros, mientras este se llenó de buenos autores pero malos libros, como por ejemplo «Olhe as luzes, meu amor», de Annie Earnaux (probablemente la mejor autora que he leído en los últimos dos años, y después de leer más de 15 de sus libros alguno tenía que ser aburrido); «Diário de um ano ruim», de Coetzee; «No leer», de Zambra; o el último libro que nos dejó Paul Auster, «Baumgartner», que si bien no es una mala novela, es la última que ha escrito antes de morir. Como lector puedo entenderme mejor que como escritor. Como escritor soy un aficionado errático y desordenado. Escribo novelas, diarios, ensayos, poemas, crónicas, crónicas que luego mezclo con documento fotográfico, tesis, relatos, ensayos académicos. Soy desordenado y desinteresado: publico en un blog personal y en esta libretita que cada vez está más cerca de ver su fin. Pero como lector soy ordenado y estricto: llevo un registro cronológico de todo lo que leo, lo califico, y lo resguardo en mi casa (no leo nada en digital). Leo autores consagrados (cuando tenía unos quince años comencé a leer sólo Premios Nobel, lista que luego abandoné conforme fui descubriendo el mundo fuera de la ciudad donde nací) a los que siempre vuelvo, pues son un lugar seguro. Knausgård, Coetzee, Pamuk, Earnaux, Auster, Murakami, Zambra, Labatut, Didi-Huberman, Ishiguro, Pallasmaa; que al mismo tiempo intercalo con nuevos autores que he descubierto regularmente por azar: Fosse, Foenkinos, Carson, Smiljan Radic, Pablo Ramos.
Cuando construí mi casa demoré un tiempo diseñando uno de los estantes que tendría la mayoría de los libros que he ido acumulando a lo largo de estos casi 25 años como lector. Quería que la bliblioteca formara parte de la escalera, así que proyecté una escalera que se convirtiera en librero, todo de concreto. Cuando estuvo listo deposité todos los libros sobre éste, y tiempo después comenzó a vencerse debido al peso. Tuve que colocar una columna en la planta baja, debajo del librero, para sostenerlo. Y en días como hoy, tan grises que se vuelven semanas, son este cúmulo de libros los que se sienten como una columna sobre la que uno puede descansar.
–
Compré una entrada en la Cinesala para la última película de Almodóvar. Como era lunes pagué la mitad del precio regular por una de las ocho poltronas que hay en la sala. Pero son tan cómodas que me quedé dormido a media película. Desperté pensando mierda, otra vez. Aunque dormí sólo treinta minutos o menos, fue suficiente para perder parte medular del argumento: la historia da un salto desde el momento en que Tilda Swinton se entera que tiene cáncer y morirá hasta el momento en que le cuenta a su amiga sus planes de practicar eutanasia y morir -de manera apacible- en una casa alquilada en el medio del campo. Según lo que he logrado entender gracias a la gran cantidad de detalles que hay hacia el final de la película, me perdí la parte en la que Tilda le cuenta a Julianne Moore (o a la personaja cuyo nombre evidentemente no memoricé) que ha perdido contacto con su hija. Pero a ciencia cierta nunca lo sabré, porque la realidad es que me he quedado dormido y he tenido que inventarme la mitad de la historia.
–
Algunas veces, mitad por desesperado, mitad porque el filme está malísimo, veo el final de las películas en los cines desde la última hilera, de pie debajo del dintel de la puerta de entrada. Hoy tiré una foto desde ahí mientras se anunciaban los créditos de la película.

Creo que esto es lo equivalente a lo que hacía José Mourinho cuando iba ganando algún partido de fútbol por una amplia ventaja y aprovechaba el tiempo de compensación para ir a despedirse del equipo rival antes del silbatazo final.
–
La terminación de mi blog es demasiado pretenciosa. Pero si se me permite aclarar, no lo elegí porque considerara que soy artista o porque el contenido que descansa en estas páginas lo considere arte, sino que cuando uno compra un dominio en la web se ofrece un listado amplísimo de opciones, unos más caros que otros -como el .tv o el .com-, y el .art fue por mucho el más barato. Sólo un par de dominios eran más competitivos en precio que el .art: el .ga y el .mz, utilizados regularmente en Gabón y en Mozambique, respectivamente. Aunque estuve tentado a elegir el .mz por diferente, por poco probable y por ser de Mozambique, pero sobre todo por ser más barato, me decidí de último minuto por el .art. Más tarde me arrepentí, pero la compra estaba hecha. Y fue así que, para mi desconsuelo, el sitio se terminó de nombrar .art.
–
Existen estudios que revelan que el ser humano recibe 6,000 impactos publicitarios diariamente, de los cuales retiene un promedio de 18. Hoy está todo mundo acostumbrado a eso. Hay publicidad hasta en la pizza. La semana pasada Júlia y yo ordenamos una cuyo embalaje estaba estampado con la enorme fotografía de un predio que anunciaba la preventa de estudios de hasta 22 metros cuadrados. Hay cuadrantes de la ciudad densamente habitados. Cada día una nueva edificación brota. Hay tantos predios como anuncios. Y en un futuro rico no será aquel que tenga un inmueble en las zonas de gentrificación, sino aquel que pueda salir de ella y asumir su vida con todo lo que desprenderse de estos ejes de gravedad signfica.
–
La semana pasada mi suegra se lesionó el hombro leyendo La muerte de Iván Ilitch de Tolstoi.
–
Carmen, abuela, la semana pasada soñé con el abuelo, pero no estabas tú. El abuelo bajaba de una escalera suntuosa, con escalones de mármol. ¿Iba bajando del cielo? Yo lo esperaba en el descanso de aquellas escaleras, y lo ayudaba a caminar. ¿O sólo lo esperaba? Sí, solo lo esperaba, él andaba rápido, tan rápido que yo tenía que acelerar el paso y andaba a trancos. ¿Vas a aparecer tú en un sueño? Te extraño. Recuerdo a menudo la foto que te tomé en tu comedor, cuando tuve que entregar un proyecto en la universidad para mi clase de fotografía análoga. Decidí hacer un proyecto de mujeres de la tercera edad, y amablemente me llevaste a fotografiar a todas tus amigas, y hasta tú, que odiabas las fotografías y no apareces en ninguna de la familia, te dejaste retratar por mí. Realmente me querías. Recuerdo que llamábamos al timbre afuera de las casas de tus amigas, y tú les decías que tu nieto estaba «retratando viejitas como nosotras». Te extraño, abuela, aparece por favor en mis sueños, y hazlo pronto.
–
Este diario es a veces un conversatorio con mis muertos.
–
Tras la lesión de ligamentos de mi suegra que fue ocasionada, según el testimonio de mi suegro, por sostener durante un prolongado tiempo sobre los brazos aquel novelón ruso, pensé que, si existieran compañías de seguro con pólizas para lecturas, los libros de Tólstoi serían sin duda algunos de los más altos en el tabulador de precios, si no es que hasta estuvieran excluidos por cláusula. Y Murakami, Dostoyevsky, Victor Hugo y Alejandro Dumas también. Quizá, si yo fuera el dueño de esa compañía, excluiría algunos títulos de las pólizas de seguro. Después de todo quién que deseé una empresa rentable quiere asegurar a una persona mayor de sesenta años para leer el Ulises de Joyce o 2666 de Bolaño. En busca del tiempo perdido o El Quijote también serían excluidos. Knausgård rallaría en el límite de lo permitido. Y Aura y Pedro Páramo, por el contrario, encabezarían la lista de los libros más baratos por los que alguien puede asegurarse por lesión.
–
En los últimos meses he desarrollado algunas pasiones, mientras que otras se han ido. Me acompañan, hasta hoy y desde hace décadas, los libros y la escritura, mi afición por las artesanías y el cine. Son pasiones que sospecho formarán parte de mí hasta el día de mi muerte. En cambio, otras se han ido definitivamente y otras cuantas se han ido apagando a cuentagotas, como el gusto por la prática de la fotografía. Aunque tomo fotos con mi teléfono, mi cámara Nikon semiautomática descansa debajo del colchón en la casa de Júlia. El gusto por el tenis apareció hace unos 8 años, y se me ha ido el gusto por tirar piedras con la resortera. Se me fue, entre otros, el gusto apoteósico por San Pablo y se me transformó en otro tipo de afecto. Aquel gusto por la ciudad que habito no lo he vuelto a sentir como sentí ese amor por el Pátzcuaro del 2022 o la Ciudad de México del 2010. La ciudad era otra. Los domingos se sentía algo diferente en el aire. Sobre la bicicleta, a las calles el sol las dibujaba con sombras que se han ido no sin antes dejarme ver sus definidos y bellos contornos. Pero los años pasan y cosas que entregan felicidad aparecen, como mi gusto por contemplar las azoteas desde las terrazas, y la inigualable actividad de arrojar la vista al horizonte desde ahí. Mi padre, en los últimos años se ha reencontrado con la lectura, luego de su jubilación. Mi suegro, por su parte, desarrolló un exquisito gusto por las velas y los candelabros. Mi madre comenzó a practicar tenis, mi suegra italiano. Atesoro con vehemencia mi repertorio de pequeñas y grandes pasiones, las dejo ir y entrar, y cuando llegan intento tratarlas con respeto y atención. Si se han de ir, que sigan su camino.
–
En junio de 2023 compré dos libretas en una cafetería de Vienna. Dentro de ellas había dos calcomanías que decían «Idea» y «Diary». Desde entonces y hasta hoy, 12 de enero de 2025, que se ha terminado la segunda libreta, me dediqué a escribir esporádicamente algunas ideas -aunque no diariamente como se me invitaba a hacer- y concluí esto que terminó siendo un ejercicio para reconectarme con la escritura, que había dejado de lado durante algunos años. Este fue el resultado.
–
Júlia me trajo una libretita de 15 x 9 cm de su viaje a Nápoli. En esta, ahora, voy a comenzar mi primer poemario.
–
Fin.
12 de enero de 2025.
–
poemario
_-
C.
Le
La mañana
La mañana
Todos los días camino intencionalmente por el cruce de Simão Álvares y Navarra. Procuro esta ruta porque en la esquina hay una tienda de brigadeiros y el olor a chocolate y dulce de leche que inunda la calle me da calma. Cuando empiezo a acercame a la tienda camino más despacio, sin levantar sospechas. Me quedo un poco al filo de la puerta, simulando apreciar los predios de enfrente, mientras delicadamente me concentro en oler: simple y sencillamente en oler.
–
–
La arquitectura es la disciplina que mejor convoca al resto de las bellas artes.
–
A dos horas del aeropuerto de Porto Seguro, después de un accidentado sendero, se encuentra la comunidad de Caraíva, la aldea más antigua de Brasil. Los primeros portugueses llegaron ahí en 1530, y hasta 1970 la villa vivía 100% de la pesca. Fue apenas en 2007 que la energía eléctrica llegó a la aldea.
Nos hospedamos en un conjunto de cinco casas de una mujer de unos sesenta años, delgada y alta, que dice haber llegado ahí hace 25 años. Sus tres hijas fueron criadas en la aldea que hoy tiene cerca de 900 habitantes. Una de ellas, cuyo nombre nunca pregunté, sirve el desayuno a los huéspedes y anota cada mañana la amplitud de la marea y la temperatura máxima como mínima sobre una pizarra en la recepción.
A las 9 de mañana salimos a tomar un café a la recepción, donde nos recibe con la mesa puesta, panes de queso y café americano. Sobre la mesa hay un matrimonio compuesto por un hombre de unos 67 años y su mujer, de unos 63. Ella es brasileña y él holandés. La hija de la dueña toma el gis y sobre la pizarra escribe la temperatura del día: mínima de 15 grados con una máxima de 21. Se espera lluvia el resto del día. Pueden visitar las tiendas de la aldea, dice la joven, tratando de animarnos. Mientras para todos el temporal ha arruinado nuestros planes, el holandés se muestra optimista: ha resuelto contratar un tour para ir a Barra Vieja y a la playa Satu. Es holandés, odia el sol, nos dice por lo bajo la joven. Mientras terminamos nuestro café, lo vemos salir de la posada con un sombrero y una toalla bajo el brazo.
–
En la posada donde nos alojamos hay un par de caballos pastando. Uno de ellos tiene una marca de pintura azul en el medio, que divide su cara en dos. Es la manera en la que los moradores reconocen a sus potrillos. Su nombre es Olavo, aunque al principio confundimos su nombre con el de Osvaldo. Algunas mañanas, nos dice la casera, tiene la costumbre de acercarse a la recepción, donde los huéspedes toman el café de la mañana. Cuenta que un día un huésped francés le dio pan, y desde entonces, en un ejercicio de memoria afectiva, Olavo se acerca a esa mesa con la esperanza de que algún huésped le dé un pedazo de pan. Pero eso no sucede ni sucederá más, pues ella pide encarecidamente a los huéspedes que no alimenten a Olavo ni a ninguno de los animales que merodean su posada, incluyendo a los macacos.
Al día siguiente, entrada la tarde nos encontramos a Olavo en una senda estrecha que corta el camino entre la posada y la playa. Está solo, olisqueando una de las grandes bolsas de basura afuera de una cafetería local. Entre la línea azul que divide su cara vemos sus ojos, y seguimos nuestro camino.
–
Deja un comentario