La casa del artista

   

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Asistimos a un concierto,

con voluntad de conocer un predio

aunque para ello hubiera que conocer la casa

de un artista.

Y nos perdimos ahí,

cuyos autores nunca nos importaron.

en medio de cuadros

Asistimos a un concierto,
con voluntad de conocer un predio
aunque para ello hubiera que conocer la casa
de un artista.

Y nos perdimos ahí,
en medio de cuadros
cuyos autores nunca nos importaron.

Nos importaban las líneas
los volúmenes que revestían los cuartos
La disposición de las cosas sobre el espacio.

Asistimos a un concierto,

Aunque no era nuestra intención andar,
de cuarto en cuarto,
la casa,
ambos fuimos sorprendidos.

Nos asombró la fina luz del sol atravesando las ventanas
golpeando esas viejas alfombras
y los trofeos empolvados del artista
sobre las mesas que
alguna vez
Fueron del artista
Que fueron elegidas por él 
para formar el conjunto.

Cruzamos un puente
Para transitar entre la recepción y la sala
haciendo más ruido del que nos hubiera gustado.
Y al fin llegamos al predio,
que tanto queríamos conocer tú y yo.

*

Asistimos a un concierto,
con voluntad de conocer un predio
aunque para ello hubiera que reconocer al pianista.
Aunque no lo conocíamos
días antes nos dimos a la tarea de escucharlo:
sus dos conciertos en Viena, sus concursos en Varsovia,
su debut en Estocolmo.

con voluntad de conocer un predio

aunque para ello hubiera que conocer la casa

Estaba sentado ahí, enjuto, ocupando el mínimo espacio.
Sus zapatos eran los zapatos perfectos para su figura
eran negros y largos, y su brillo, o más bien, su opacidad,
era perfecta, hecha para él.
Ocupé una de las butacas del frente, en la fila B.

Como no conocía el estudio
-nosotros queríamos conocer el predio, 
no la casa del artista-,
tuve la suerte de escoger el peor lugar del recinto,
junto a una de las columnas, y tuve que recoger mis piernas
hasta lograr un conjunto que me hubiera gustado
que se asemejara a la figura del pianista.

Pero yo no era pianista, ni japonés,
Por lo que mis intentos fueron en vano. 
Entró la gente. 
Seis minutos después entró el pianista.
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 


Cruzamos un puente

Para transitar entre la recepción y la sala

haciendo más ruido del que nos hubiera gustado.

Y al fin llegamos al predioque tanto queríamos conocer tú y yo.

 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 

aunque para ello hubiera que conocer la casde un artista.

Nos importaban las líneas

los volúmenes que revestían los cuartos

La disposición de las cosas sobre el espacio.

Aunque no era nuestra intención andar, 

de cuarto en cuarto,

la casa,

ambos fuimos sorprendidos. 

Nos asombró la fina luz del sol atravesando las ventanas

golpeando esas viejas alfombras

y los trofeos empolvados del artista

sobre las mesas que

alguna vez

Fueron del artista

Que fueron elegidas por él 

para formar el conjunto.

Cruzamos un puente

Para transitar entre la recepción y la sala

haciendo más ruido del que nos hubiera gustado.

Y al fin llegamos al predio,

que tanto queríamos conocer tú y yo.

*

Asistimos a un concierto,

con voluntad de conocer un predio

aunque para ello hubiera que reconocer al pianista.

Aunque no lo conocíamos

días antes nos dimos a la tarea de escucharlo:

sus dos conciertos en Viena, sus concursos en Varsovia,

su debut en Estocolmo.

Estaba sentado ahí, enjuto, ocupando el mínimo espacio.

Sus zapatos eran los zapatos perfectos para su figura

eran negros y largos, y su brillo, o más bien, su opacidad,

era perfecta, hecha para él.

Ocupé una de las butacas del frente, en la fila B.

Como no conocía el estudio

-nosotros queríamos conocer el predio, 

no la casa del artista-,

tuve la suerte de escoger el peor lugar del recinto,

junto a una de las columnas, y tuve que recoger mis piernas

hasta lograr un conjunto que me hubiera gustado

que se asemejara a la figura del pianista.

Pero yo no era pianista, ni japonés,

Por lo que mis intentos fueron en vano. 

Entró la gente. 

Seis minutos después entró el pianista.

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