Retrato del profesor

   

Written by:

*

Me había metido a la cama temprano para ver “Fútbol Picante” luego de hacerme un batido de chocolate escuchando a Maurizio Pollini. Por aquellos días me acostumbré a dormir con la voz de Héctor Huerta y José Ramón Fernández de fondo. Una costumbre indisputablemente patética, pero cierta. Tan cierta como el hecho de que no me guste recibir llamadas después de las diez. Aclaro que esto en nada se relaciona con el hecho de que a esa hora inicie mi programa favorito, sino porque siempre que recibo llamadas después de las diez es para anunciarme que alguien ha muerto. Cuando mi padre me llamó hace tres meses cerca de las doce de la noche, contesté el teléfono para escuchar que un infarto había fulminado a mi abuela mientras dormía. Luego, en mis años como estudiante de pregrado, llamó la madre de Felipe, mi entonces compañero de piso, a las dos cuarenta y pico para decirme que había fallecido su esposo y mi amigo debatía consigo mismo en la sala tras haber recibido la noticia. De ahí que me aterre, más que otra cosa, que suene mi teléfono después de las diez.

Disertaba Héctor Huerta sobre el arbitraje de Roberto García Orozco en el clásico joven cuando en la pantalla del teléfono leí el nombre de mi madre. Mi mamá sabe bien que me pone muy nervioso recibir llamadas después de la cena, así que, pensé, debía tratarse de algo importante, alguien muerto, así que dejé inmediatamente el batido sobre la cómoda, esperando que no se tratara de mi abuelo, cuya salud en los últimos días se había comprometido, y me repuse sobre la cabecera de la cama para atender.

La voz de mi madre era la de siempre. La distingue siempre un regusto de intriga, lo que vuelve doblemente angustiante el hecho de me llame por las noches. Cuenta las cosas, siempre, cualquiera que sea la cosa que vaya a decirte, como si se tratara de una premisa ignota, de un secreto inconfesable. No estoy seguro de que sea una característica de todas las mamás, pero cuando la mía te dice algo te hace sentir copartícipe de un crimen. Abre conversaciones con un “¿qué crees?”, como si uno pudiera adivinar qué acaba de ocurrírsele. Entreabre apenas los labios para decirte algo en público, como hacen los entrenadores de fútbol cuando se dirigen a sus jugadores o sus asistentes. Aquella noche musitó por el teléfono, antes de que yo pudiera echarle en cara la ocurrencia de llamarme a esas horas:

–Hijo: no te asustes. O sea, sí se murió el papá de Xóchitl, pero no te asustes.

–Me vas a volver diabético, mamá.

–El maestro, ¿no te acuerdas de él? –agregó.

–Mamá, ¿por qué? –dije todavía estupefacto.

–Si tanto te molesta que te llamen ¿por qué no apagas el teléfono?

 

*

 

Xóchitl es la mejor amiga de mi madre. Me gusta pronunciar su nombre así, con la pausa que demanda el casamiento entre las letras ele y te: Xóchitl. Entre los gustos que comparten, mi madre y Xóchitl, cuento bailar, cualquier ritmo que sea bailable (me voy a permitir una digresión fortísima, pero recuerdo que cierta mañana, durante un acto académico en el Instituto Morelos, a mis quince años, irrumpió de pronto la mujer que me trajo al mundo en el patio central de mi preparatoria vestida con un traje regional, ¿purépecha?, y, frente a todo el público, mamá se consagró a bailar al compás de un son con la complicidad del colectivo “Pireri”, que en purépecha quiere decir cantor, y al que también pertenecía Xóchitl. Cuando hablo de ellas dos, la estampa de ambas sacudiendo la sabanilla de su indumentaria en medio del patio de la escuela es ineludible), beber vino tinto en catas locales, ir al cine y comer. Les encanta comer. Las he visto comer crepas, cacahuates, lasaña y guacamole. Las he visto tomar tequila y mezcal, en momentos felices y también tristes. Las he visto cantarle a una pantalla en un home made karaoke, sobre un ipad. Verlas juntas es volver a ver La risa en vacaciones con la inocencia de cuando se es niño.

Mi madre retomó el hilo de la conversación y zanjó mis reclamos:

–El maestro dejó una biblioteca llena de libros. El papá de Xóch –Xóch es el apelativo con el que mamá se refiere a su amiga–. Dice que ella ni lee, y sus hermanas menos. Ya querían llevárselos, van a desocupar la casa –musita bajando su tono de voz para subrayar el paréntesis–, pero yo le dije que te dejara verlos. Oye ¡los iban a llevar al parque a venderlos por kilo!

Yo, que siempre he tomado a bien el hecho de recibir libros a cambio de nada, accedí. Le pedí a mi madre que me llevara a la casa del maestro al día siguiente. “No puedo, tengo zumba”, diría, así que acordamos que pasaría por la llave a casa de Xóch, me tomaría un batido por donde pudiera, pasaría a saludar a mi cocker spaniel a casa de la tía a donde la llevamos cuando mi madre enfermó de los pulmones y luego arribaría a Yucatán #36.

 

*

 

A mis veintiséis años he heredado tres bibliotecas. Una post mortem y dos en vida: la del tío George y la de la abuela Carmen. Voy a hablar primero de la biblioteca del tío George, quien se casó a los veinte años con la hermana mayor de mi padre, María, para luego tener dos hijos, que a su vez tuvieron cuatro y dos, respectivamente. No estoy seguro de que el tío George esté “escuchando pasos en la azotea”, como aseguró mi madre al momento que le participé el destino de sus libros, pero es un hecho que al tío George le cuesta más cada día descender las escaleras de su residencia en Querétaro y un poco más enfocar los títulos de su acervo.

La biblioteca del tío era una biblioteca modesta, hasta que la desbaraté. Me fui llevando como un cáncer libros de cinco en cinco, de dos en dos, hasta desarticularla. Me fui llevando tomos sin secuencia, autores sin una nacionalidad ni tiempo en común. La hice mierda, honestamente. No sé si él notaba este desmembrarla, pero yo era consciente de ello, sin sentirme culpable. Dejaba a Arreola sin Rulfo, al tomo cuatro sin el uno y el dos, a Pellicer sin Gilberto Owen. La desarmé sin reparo, y poco a poco, ahora que lo pienso, no me quedé con la biblioteca del tío George, sino con lo que quise de ella. Si hoy pudiera decretarlo, diría que está prohibida la selección de clase de una biblioteca heredada en vida.

Con la abuela Carmen fue diferente. Fue la persona que más libros habría tenido en el mundo si tan solo le hubiera importado acaudalarlos. Pero no le importaba, quizá porque nunca le importaron los libros, salvo los de Benito Pérez Gaidós. Los libros llegaban a ella como un colibrí a la flor. Y ella, como flor que fue, me regalaba sus pétalos. “Llévate esta porquería”, decía extendiéndome libros de Vargas Llosa, Pérez Reverte, por no seguir ofendiendo a mis tíos. Todos esos libros los sigo conservado, más porque fueron un ¿regalo? de mi abuela, que porque me interesaran. Quizá no lo saben, pero todos los que alguna vez le regalaron libros a Carmen, me los regalaron a mí.

¿Qué vio ella en mí? ¿Un acumulador, un lector paciente o un lector idiota, que se conformaba con premios Nobel y best sellers? ¿El nieto con la paciencia de recolectar caracoles en sus jardines? ¿El nieto paciente que le quita el queso a una corunda para poder disfrutarla a medias?

 

 

*

 

Esto podría convertirse en una novela, pero hace tiempo que no me siento con la paciencia que reclama la elaboración de ese tipo de textos. Me angustia demasiado que este documento, que empecé en 2014 y me encontré hace dos días por azar, se quede aquí otros seis años. Así que decido que pasaré a contar la historia del maestro, de nuevo.

En 2008 mi papá me regaló una camioneta Blazer con placas de la comunidad de comuneros de la frontera norte (durante el periodo calderonista ningún retén militar en Uruapan se atrevía a detenerme y circulaba a mis anchas, no me pregunten por qué). Luego de la llamada con mi madre y el acuerdo con Xóchitl la encendí y me dispuse a entrar en la casa del maestro. Tenía indicaciones de pasar directamente a su oficina: “entras y a la izquierda, no hay más”. Así que llegué, abrí la puerta como si se tratara de mi casa, o de la de mis padres, sin titubear, y aventé el portón. Sin ser demasiado selectivo como lo habría sido ahora, empecé a llenar la Blazer de libros, recetarios, fardos de periódicos de La Jornada.

Al paso de los meses fui descubriendo no sólo algunos autores nuevos, sino que la misma figura del padre Xóchitl, aquel maestro retirado que luego me enteré fue uno de los fundadores de un conocido partido de izquierda en Uruapan, se me fue dibujando a partir de sus afiches, fotografías, boletos del metro de la Ciudad de México y trenes que me fui encontrando entre las hojas de sus libros.

Luego de unos diez meses tenía la cantidad de material suficiente para crear un retrato gráfico del profesor. Pude haber creado un álbum (y en algún momento lo pensé) que reflejara exactamente el paso de su vida por este mundo. Habría podido reconstruir su vida cronológicamente y crear toda una novela con aquellos retazos de su existencia. Pero en vez de ello me confiné a ordenar el material que me fui encontrando y hacer de ellos fichas que contuvieran la información y el detalle preciso de los libros en los que había sucedido el hallazgo. Y un buen día, cuando decidí que había sido todo por mi parte, llamé a Xóchitl para entregarle esa otra historia de su padre, o el retrato que yo pude, a partir de sus libros, reconstruir de él.

 

 

 

 

Me había metido a la cama temprano para ver “Fútbol Picante” luego de hacerme un batido de chocolate escuchando a Maurizio Pollini. Por aquellos días me acostumbré a dormir con la voz de Héctor Huerta y José Ramón Fernández de fondo. Una costumbre indisputablemente patética, pero cierta. Tan cierta como el hecho de que no me guste recibir llamadas después de las diez. Aclaro que esto en nada se relaciona con el hecho de que a esa hora inicie mi programa favorito, sino porque siempre que recibo llamadas después de las diez es para anunciarme que alguien ha muerto. Cuando mi padre me llamó hace tres meses cerca de las doce de la noche, contesté el teléfono para escuchar que un infarto había fulminado a mi abuela mientras dormía. Luego, en mis años como estudiante de pregrado, llamó la madre de Felipe, mi entonces compañero de piso, a las dos cuarenta y pico para decirme que había fallecido su esposo y mi amigo debatía consigo mismo en la sala tras haber recibido la noticia. De ahí que me aterre, más que otra cosa, que suene mi teléfono después de las diez.

Disertaba Héctor Huerta sobre el arbitraje de Roberto García Orozco en el clásico joven cuando en la pantalla del teléfono leí el nombre de mi madre. Mi mamá sabe bien que me pone muy nervioso recibir llamadas después de la cena, así que, pensé, debía tratarse de algo importante, alguien muerto, así que dejé inmediatamente el batido sobre la cómoda, esperando que no se tratara de mi abuelo, cuya salud en los últimos días se había comprometido, y me repuse sobre la cabecera de la cama para atender.

La voz de mi madre era la de siempre. La distingue siempre un regusto de intriga, lo que vuelve doblemente angustiante el hecho de me llame por las noches. Cuenta las cosas, siempre, cualquiera que sea la cosa que vaya a decirte, como si se tratara de una premisa ignota, de un secreto inconfesable. No estoy seguro de que sea una característica de todas las mamás, pero cuando la mía te dice algo te hace sentir copartícipe de un crimen. Abre conversaciones con un “¿qué crees?”, como si uno pudiera adivinar qué acaba de ocurrírsele. Entreabre apenas los labios para decirte algo en público, como hacen los entrenadores de fútbol cuando se dirigen a sus jugadores o sus asistentes. Aquella noche musitó por el teléfono, antes de que yo pudiera echarle en cara la ocurrencia de llamarme a esas horas:
–Hijo: no te asustes. O sea, sí se murió el papá de Xóchitl, pero no te asustes.
–Me vas a volver diabético, mamá.
–El maestro, ¿no te acuerdas de él? –agregó.
–Mamá, ¿por qué? –dije todavía estupefacto.
–Si tanto te molesta que te llamen ¿por qué no apagas el teléfono?

*

Xóchitl es la mejor amiga de mi madre. Me gusta pronunciar su nombre así, con la pausa que demanda el casamiento entre las letras ele y te: Xóchitl. Entre los gustos que comparten, mi madre y Xóchitl, cuento bailar, cualquier ritmo que sea bailable (me voy a permitir una digresión fortísima, pero recuerdo que cierta mañana, durante un acto académico en el Instituto Morelos, a mis quince años, irrumpió de pronto la mujer que me trajo al mundo en el patio central de mi preparatoria vestida con un traje regional, ¿purépecha?, y, frente a todo el público, mamá se consagró a bailar al compás de un son con la complicidad del colectivo “Pireri”, que en purépecha quiere decir cantor, y al que también pertenecía Xóchitl. Cuando hablo de ellas dos, la estampa de ambas sacudiendo la sabanilla de su indumentaria en medio del patio de la escuela es ineludible), beber vino tinto en catas locales, ir al cine y comer. Les encanta comer. Las he visto comer crepas, cacahuates, lasaña y guacamole. Las he visto tomar tequila y mezcal, en momentos felices y también tristes. Las he visto cantarle a una pantalla en un home made karaoke, sobre un ipad. Verlas juntas es volver a ver La risa en vacaciones con la inocencia de cuando se es niño.

Mi madre retomó el hilo de la conversación y zanjó mis reclamos:

–El maestro dejó una biblioteca llena de libros. El papá de Xóch –Xóch es el apelativo con el que mamá se refiere a su amiga–. Dice que ella ni lee, y sus hermanas menos. Ya querían llevárselos, van a desocupar la casa –musita bajando su tono de voz para subrayar el paréntesis–, pero yo le dije que te dejara verlos. Oye ¡los iban a llevar al parque a venderlos por kilo!
Yo, que siempre he tomado a bien el hecho de recibir libros a cambio de nada, accedí. Le pedí a mi madre que me llevara a la casa del maestro al día siguiente. “No puedo, tengo zumba”, diría, así que acordamos que pasaría por la llave a casa de Xóch, me tomaría un batido por donde pudiera, pasaría a saludar a mi cocker spaniel a casa de la tía a donde la llevamos cuando mi madre enfermó de los pulmones y luego arribaría a Yucatán #36.

*

A mis veintiséis años he heredado tres bibliotecas. Una post mortem y dos en vida: la del tío George y la de la abuela Carmen. Voy a hablar primero de la biblioteca del tío George, quien se casó a los veinte años con la hermana mayor de mi padre, María, para luego tener dos hijos, que a su vez tuvieron cuatro y dos, respectivamente. No estoy seguro de que el tío George esté “escuchando pasos en la azotea”, como aseguró mi madre al momento que le participé el destino de sus libros, pero es un hecho que al tío George le cuesta más cada día descender las escaleras de su residencia en Querétaro y un poco más enfocar los títulos de su acervo.

La biblioteca del tío era una biblioteca modesta, hasta que la desbaraté. Me fui llevando como un cáncer libros de cinco en cinco, de dos en dos, hasta desarticularla. Me fui llevando tomos sin secuencia, autores sin una nacionalidad ni tiempo en común. La hice mierda, honestamente. No sé si él notaba este desmembrarla, pero yo era consciente de ello, sin sentirme culpable. Dejaba a Arreola sin Rulfo, al tomo cuatro sin el uno y el dos, a Pellicer sin Gilberto Owen. La desarmé sin reparo, y poco a poco, ahora que lo pienso, no me quedé con la biblioteca del tío George, sino con lo que quise de ella. Si hoy pudiera decretarlo, diría que está prohibida la selección de clase de una biblioteca heredada en vida.
Con la abuela Carmen fue diferente. Fue la persona que más libros habría tenido en el mundo si tan solo le hubiera importado acaudalarlos. Pero no le importaba, quizá porque nunca le importaron los libros, salvo los de Benito Pérez Gaidós. Los libros llegaban a ella como un colibrí a la flor. Y ella, como flor que fue, me regalaba sus pétalos. “Llévate esta porquería”, decía extendiéndome libros de Vargas Llosa, Pérez Reverte, por no seguir ofendiendo a mis tíos. Todos esos libros los sigo conservado, más porque fueron un ¿regalo? de mi abuela, que porque me interesaran. Quizá no lo saben, pero todos los que alguna vez le regalaron libros a Carmen, me los regalaron a mí.
¿Qué vio ella en mí? ¿Un acumulador, un lector paciente o un lector idiota, que se conformaba con premios Nobel y best sellers? ¿El nieto con la paciencia de recolectar caracoles en sus jardines? ¿El nieto paciente que le quita el queso a una corunda para poder disfrutarla a medias?
*

Esto podría convertirse en una novela, pero hace tiempo que no me siento con la paciencia que reclama la elaboración de ese tipo de textos. Me angustia demasiado que este documento, que empecé en 2014 y me encontré hace dos días por azar, se quede aquí otros seis años. Así que decido que pasaré a contar la historia del maestro, de nuevo.

En 2008 mi papá me regaló una camioneta Blazer con placas de la comunidad de comuneros de la frontera norte (durante el periodo calderonista ningún retén militar en Uruapan se atrevía a detenerme y circulaba a mis anchas, no me pregunten por qué). Luego de la llamada con mi madre y el acuerdo con Xóchitl la encendí y me dispuse a entrar en la casa del maestro. Tenía indicaciones de pasar directamente a su oficina: “entras y a la izquierda, no hay más”. Así que llegué, abrí la puerta como si se tratara de mi casa, o de la de mis padres, sin titubear, y aventé el portón. Sin ser demasiado selectivo como lo habría sido ahora, empecé a llenar la Blazer de libros, recetarios, fardos de periódicos de La Jornada.
Al paso de los meses fui descubriendo no sólo algunos autores nuevos, sino que la misma figura del padre Xóchitl, aquel maestro retirado que luego me enteré fue uno de los fundadores de un conocido partido de izquierda en Uruapan, se me fue dibujando a partir de sus afiches, fotografías, boletos del metro de la Ciudad de México y trenes que me fui encontrando entre las hojas de sus libros.
Luego de unos diez meses tenía la cantidad de material suficiente para crear un retrato gráfico del profesor. Pude haber creado un álbum (y en algún momento lo pensé) que reflejara exactamente el paso de su vida por este mundo. Habría podido reconstruir su vida cronológicamente y crear toda una novela con aquellos retazos de su existencia. Pero en vez de ello me confiné a ordenar el material que me fui encontrando y hacer de ellos fichas que contuvieran la información y el detalle preciso de los libros en los que había sucedido el hallazgo. Y un buen día, cuando decidí que había sido todo por mi parte, llamé a Xóchitl para entregarle esa otra historia de su padre, o el retrato que yo pude, a partir de sus libros, reconstruir de él.
 
 
 
 
 
 
 
 

Una respuesta a “Retrato del profesor”

  1. Avatar de trianatrix
    trianatrix

    Hola Fer! Soy nieta del Profesor 🙂 Gracias por tenerlo en tu memoria y dedicarle un tiempo de ti. Se que estaría muy orgulloso de saber que alguien valora hasta hoy día su gran biblioteca. Estaré pendiente con la siguiente parte

    Me gusta

Deja un comentario

Latest Stories