Hace algunas semanas recibí por error una correspondencia. El remitente era uno de mis ex profesores del programa de doctorado que curso. Decía lo siguiente:
“Estimado Fernando Herrera,
El miércoles es la presentación de mi libro y le agradezco mucho el cartel que ya hice circular en las redes.
Tengo una pregunta respecto del brindis después….
Cuánto tiempo tendremos y cómo se llevará a cabo?
Hay posibilidad de llevar vinos y bocadillos?
Muchas gracias y saludos afectuosos,
A”.
Aunque no había duda de que el correo iba a dirigido a mí, me quedaba claro que se trataba de un homónimo que tenía toda la pinta de gestor cultural de
- La editorial Siglo XXI
o
- El Gandhi de Miguel Ángel de Quevedo,
pues semanas antes había recibido un correo del mismo Antoine -esta vez no por error- en el que me invitaba a la presentación de su último libro, editado por Siglo XXI y próximo a presentarse en la Gandhi de Miguel Angel de Quevedo.
Así que, bueno, conteniéndome las ganas de responder tómate el tiempo que necesites y trae todo el vino que puedas, me sujeté a decir que se había equivocado de Fernando Herrera, que jejeje pero pues había que buscar al destinatario indicado. De paso aproveché para agradecer por la invitación que había recibido anteriormente y le expresé la intención de asistir. Contestó con un simple será un gusto; habrá Protos. Luego de leer esta última frase bajé el monitor de mi computadora, y con el sabor a miel afrutada de ribetes púrpuras en la punta de la lengua me acerqué el móvil para enviar un mensaje de texto a uno de mis grupos de Whatsapp cuyo nombre no voy a mencionar por lealtad, pero que está conformado por cinco amigos filósofos y un servidor, que comprende poco a Benjamin. Les dije oigan, uno de mis profesores va a presentar un libro el miércoles en la Gandhi de Miguel Ángel de Quevedo y va a haber Protos, así que lleguen temprano, recalqué. Ninguno de los cinco preguntó de qué carajos versaba el conjunto que iba a presentarse, y en vez de eso el vino tomó protagonismo en la conversación y acordamos vernos a la salida del metro cuarenta minutos antes de la presentación.
Luis fue el primero en llegar. Llevaba un morral cruzado que se le ha olvidado al menos tres veces en mi departamento, y donde carga innecesariamente libros pesadísimos de editoriales como Abada, que se dedica a hacer ese tipo de ladrillos que necesitan una beca para ser leídos. Así que Protos, eh, me dijo al verme, a qué buenos eventos te invitan. Hice un gesto como de espero que te guste el psicoanálisis porque ni te imaginas el aburridón que vas a pegarte pero bueno al menos tendrás Protos en la boca, y le confesé que si bien sabía de la invitación sobre el tiraje del libro, lo del Protos se había filtrado por error, pues yo, al parecer, tenía un homónimo que se dedicaba a planear eventos culturales de alto pedorraje. Me dijo lo que yo había pensado antes de corregir a Antoine y decirle ojo que no soy el Fernando Herrera que buscas. Me planteó la posibilidad de haber usurpado la identidad de ese otro Fernando Herrera y que debí haberle dicho necesitamos buscar un patrocinador de vino y de tapas, qué se te ocurre, querido Antoine.
A los pocos minutos apareció Arturo en la escena. Arturo era otro personaje (en realidad lo son todos, y este texto daría para una novela de largo aliento si me pusiera solo a hablar de sus vidas o de la vez que voltearon un martes una trajinera en Xochimilco, o de la vez que se encontraron dos mil pesos en la Glorieta de Insurgentes y se los gastaron esa misma noche en la pulquería de La Burra Blanca, pero no tengo tiempo para perder el tiempo, aunque valga mucho la pena y extrañe hacerlo), y luego el resto.
Sobre la avenida, Gabriel dudó que fuéramos a encontrarnos el Protos descorchado. En esos eventos lo abren hasta el final. Más si el libro está de hueva, porque saben que de otra manera nadie se esperaría a que el autor y sus editores dijeran lo que tengan que decir. Y tuvo razón, pero tampoco estuvo tan mal. Tenían varias botellas de Las Moras en una mesa rectangular justo al lado de unos 50 ejemplares del tomo “El goce en 14 variaciones sobre clínica psicoanalítica”.
Francamente, aunque le tengo mucho aprecio a Antoine, aquella charla pintaba insufrible. No hizo falta mirarnos entre nosotros para entender el acuerdo que habíamos firmado al entrar a la Gandhi. Fue como decirnos tácitamente “a lo que venimos, vaqueros”. Gabriel fue el primero en apurarse un par de vasos (por mucho que Las Moras fuera un vino noble tampoco fue merecedor de losa, eso le tocaba al Protos).
Mientras vi a mis amigos encancharse como si fuera una velada en mi departamento, a unos pasos de distancia me encontré a Antoine rodeado, como era costumbre, de un séquito de intelectuales admirando su fluido y seductor español con acento justamente afrancesado. Me apuré un vino. En cierta medida me sentía responsable de ir a saludarlo. Si ya iba a tener el descaro de meter un clan de vagabundos en la Gandhi para robarnos todo su Protos lo menos que podía hacer era poner mi cara de niño de bueno y decir órale qué padre tu presentación y todo, y qué risa tu confusión de Fernando Herrera, te juro que no fui yo quien filttró la información del Protos a mis amigos vagabundos.
Con sigilo y como no queriendo la cosa me acerqué a una distancia prudente para que sus intelectuales me abrieran cancha y pudiera decirle hola. Quegido, ¿cómo egtág? Lamento lo deg coggeo, pero qué bueno que egtág aquí. Lo saludé con el mismo gusto pero ocultando -aunque después se haría obvio- que venía con otros 5 muchachos de garganta bien educada. Me contó que había tardado 7 años en escribir el libro, que estaba pronto a traducirse al francés pues para mi sorpresa él lo había concebido en español. Y luego me tiró un rollo que no conseguí entender dado que he leído muy poco a Lacan, era como un chiste relacionado a la transferencia y a la traducción, y a la pérdida del sentido en ese camino. Aunque no lo crean entre esa traslación había un chiste que seguramente alguna de sus fans sí habría entendido.
Nos sentamos en la última fila. Todos. Seguiditos como si fuera una fiesta de quinceaños. De ahí que haya dicho que al final resultó obvio que aquella equivocación en la correspondencia había resultado en que no podía yo recibir información sin usarla en favor de mis amigotes. Al final de las preguntas todos aplaudimos y felicitamos al autor. Y de repente apareció el Protos en una charola grande, casi de plata, que supuse sujetaba el otro Fernando Herrera, el gestor, el que sí sabe de vinos y el que no decidió estudiar un doctorado bien largo que parece no tener fin. Aquel Fernando Herrera se acercó y nos ofreció un vino, uno por uno. Al final llegó a mí, cruzamos la mirada. Mi ventaja sobre él me obligaba a preguntarme qué teníamos en común aquel y yo. No tuve la respuesta en ese momento, pero en un universo paralelo me dedico a organizar presentaciones de libros. Tomé una copa de Protos con la mano derecha y le dije buenas noches. Me respondió el saludo, sonreímos, y la noche continuó.
Hace algunas semanas recibí por error una correspondencia. El remitente era uno de mis ex profesores del programa de doctorado que curso. Decía lo siguiente:
“Estimado Fernando Herrera,
El miércoles es la presentación de mi libro y le agradezco mucho el cartel que ya hice circular en las redes. Tengo una pregunta respecto del brindis después….Cuánto tiempo tendremos y cómo se llevará a cabo? Hay posibilidad de llevar vinos y bocadillos?
Muchas gracias y saludos afectuosos, A”.
Aunque no había duda de que el correo iba a dirigido a mí, me quedaba claro que se trataba de un homónimo que tenía toda la pinta de gestor cultural de
1. La editorial Siglo XXI
2. La librería Gandhi de Miguel Ángel de Quevedo
pues semanas antes había recibido un correo del mismo Antoine -esta vez no por error- en el que me invitaba a la presentación de su último libro, editado por Siglo XXI y próximo a presentarse en la Gandhi de Miguel Angel de Quevedo.
Así que, bueno, conteniéndome las ganas de responder tómate el tiempo que necesites y trae todo el vino que puedas, me sujeté a decir que se había equivocado de Fernando Herrera, que jejeje pero pues había que buscar al destinatario indicado. De paso aproveché para agradecer por la invitación que había recibido anteriormente y le expresé la intención de asistir. Contestó con un simple será un gusto; habrá Protos. Luego de leer esta última frase bajé el monitor de mi computadora, y con el sabor a miel afrutada de ribetes púrpuras en la punta de la lengua me acerqué el móvil para enviar un mensaje de texto a uno de mis grupos de Whatsapp cuyo nombre no voy a mencionar por lealtad, pero que está conformado por cinco amigos filósofos y un servidor, que comprende poco a Benjamin. Les dije oigan, uno de mis profesores va a presentar un libro el miércoles en la Gandhi de Miguel Ángel de Quevedo y va a haber Protos, así que lleguen temprano, recalqué. Ninguno de los cinco preguntó de qué carajos versaba el conjunto que iba a presentarse, y en vez de eso el vino tomó protagonismo en la conversación y acordamos vernos a la salida del metro cuarenta minutos antes de la presentación.
2. La librería Gandhi de Miguel Ángel de Quevedo

Deja un comentario