*
Qué ha sido de mí después de esa primera llamada de teléfono que recibí después de saber que mi hermano había tenido un accidente del que difícilmente iba a salir vivo. Hoy ya es muy tarde para hablar de eso, no ha habido tiempo para tal cosa -sólo hubo para hospitales, llamadas y ambulancias y otras cosas-, para reflexionar -no-, para escribir eso que le dije que un día iba a escribir cuando volvió del coma, para hablar de eso de lo que hoy sí hay tiempo, porque exactamente tres años después recibí otra llamada para escuchar que él mismo había muerto. Hay dos cosas: la llamada y el tiempo. De eso es lo único que hoy puedo hablar; luego de mi hermano, de Beto, que está aquí, presente, porque no habría llamada ni tiempo sin él.
Sería injusto partir desde aquí su relato (pero es necesario), y qué relato, esto no es un relato. Mejor tú y yo partiendo el pastel, enterrando tesoros en la playa, viéndote recibir el trofeo de goleador de verano del Marcadom. Nunca te dije nada sobre ese trofeo -que hoy quise llevarme a la que hoy es mi casa- porque no te importaba ganar, como a mí. Sin embargo, a ti no te importaba ver el cine mexicano más insoportable mientras lo viéramos juntos. No te importaba ganar, como a mí.
“Yo me morí”, dijiste en un pizarrón antes de volver a hablar. Luego, me contaste cómo viste tu muerte. Pero no lo creías, y te reíste, y yo te creía, porque así soy. Y nos diste fuerza a todos. Luego volviste a nacer, y tuviste que volver a aprender a comunicarte, a reconocernos, a reconocerte. Siempre te pusiste al último, porque nos reconociste antes de reconocerte, ya eras otro. Te tuvimos dos veces y no nos dimos cuenta. No puedo evitar sentir coraje conmigo mismo porque apenas aquí puedo darme cuenta, pero ahora todos lo sabemos.
Hoy es un día lindo. Porque esto que eres tú apenas comienza. Y ya lo sabemos. Y apareciste. Y hay recomepensas.

Deja un comentario