Esta es la historia de una adicción. Como cualquier adicción, no supondría ningún problema comenzar por relatar el principio de este mal. El primer tarro de cerveza, por ejemplo, para el caso de un alcohólico, o el primer dulce robado en un Oxxo, para un cleptómano. En mi caso, que se trata de una adicción a las ventas -y más allá de las ventas sospecho que se asoma el dinero-, se vuelve un poco complicado el comienzo.
Para comenzar a relatar, y justificar ante todos ustedes, cómo es que uno se vuelve adicto a las ventas, en mi caso, debería remontarme a mis ocho años, cuando monté el primero de mis negocios informales en la cochera de mi abuela. Con un pequeño préstamo de mis padres compré un centenar de dulces, abrí las puertas de la casa de Esperanza y los puse sobre una mesa con estampados de Peter Pan. Así comienzó mi no tan corta carrera de comerciante. Recuerdo que mis padres me habían sugerido un precio razonable para los Pulparindos, por ejemplo, a los que había que ganarles el 100% sobre el costo; pero, en vez de ello, cuando se alejaban y un cliente pescaba el anzuelo, yo elevaba el precio hasta, en algunas ocasiones, un 400%. Me sorprendía que lo pagaran, lo que aumentaba mis ansias de elevar todavía más los precios, pero tampoco quería hacerme fama de carero en mis primeros días, así que apagaba el deseo. Eso sí, los precios variaban, dependiendo el cliente y el día de la semana, aunque nunca por arriba de cuatro veces el costo de la mercancía.
Dos años después, a los diez años, cuando mi madre canceló su suscripción en el Costco y vender dulces dejó de parecerme un negocio atractivo, comencé mi tampoco muy corta carrera como mesero en la lonchería de una de mis tías. Me bastaron un par de fines de semana para darme cuenta de que lo mío eran las ventas, así que negocié un permiso para vender 4 litros diarios de jugo de naranja durante las vacaciones. A cambio, voluntariamente, me reduciría el sueldo a veinte pesos por jornada laboral, que comprendía más o menos, según lo acordado con ella en una charla que no debió haber durado más de cinco minutos, de diez a una de la tarde.
El negocio fue dando frutos, y lo que comenzó como un trabajo de verano duró siete años, hasta que un mal día se disparó el precio de la arpilla y el vaso de jugo de naranja revendido dejó de ser un negocio redituable. El día que le dije a mi proveedor de naranja, don Jesús, «hasta aquí hemos llegado, el negocio ya no da», sus ojos se le llenaron de lágrimas. Supongo que mi negocio lo había empoderado durante siete años, y por más que tratara de contener su impresión y hacerse pasar por una víctima más del comercio informal, yo pude ver su desesperación. Dentro mío pensaba: «Viejo, pudiste haber bajado el precio de la arpilla antes de que fuera demasiado tarde». Nos despedimos y no he vuelto a saber nada más de aquel hombre.
Volviendo al tema que me trajo aquí, mi adicción a vender cualquier cosa en una página de Facebook que lleva por nombre «Comercio Uruapan», he de decirles que, curiosamente, esto también ocurrió como un juego, durante las vacaciones de verano de 2013, de visita en casa de mis padres. Estaba por comenzar un posgrado y me pareció buena idea deshacerme de algunas cosas que, a mi parecer, todavía alguien más podía sacarles provecho. Así que cierta mañana me consagré a seleccionar todos aquellos objetos que llevaría a vender a algún bazar en el centro de la ciudad.
Cuando llegó mi hermano a casa, y entró a mi cuarto donde con devoción catalogaba los objetos, me preguntó qué haría con aquellas «cochinadas». Le respondí que venderlas en algún bazar. Nadie va a comprarte nada en un bazar, me dijo, esa mierda sólo podrías venderla en «Comercio Uruapan». Me causó risa el comentario porque era cierto: lo que intentaba venderle a un buen postor era no otra cosa que mierda: un bote de sangre artificial de un litro, una máscara de madera que me había robado en alguna cabaña de Zirahuén, un silbato -ni yo sabía cómo carajos había llegado a mí un silbato-, entre otros cacharros. «A ver, invítame a <<Comercio Uruapan>>», le pedí, puesto que se trataba de un grupo cerrado, disque selecto, y entonces comenzó todo.
Me explicó que era gente de Uruapan vendiendo cualquier cosa, de verdad cualquier puta cosa. La única regla era poner precio del objeto y una foto del producto a ofertar. No había huelgas ni sindicatos, «puro billelle limpio», aseguró. Se ofreció a subir un micrófono de marca apócrifa a cambio de una comisión del 20. Le dije que sí. El primer sujeto sucumbió a los 5 minutos. Ofrecía un trueque -creo que nos ofrecía un par de walkie talkies marca Sharp-, por lo que le pedí a mi hermano que editara el estado en Facebook y escribiera la leyenda «no cambios».
Siete minutos después vino la segunda puja. Un chico ofrecía 200 pesos menos sobre precio fijado, así que respondí con una contraoferta de 100 pesos por debajo del precio anunciado. «Está bien, dónde te veo», respondió. Y ahí empezó lo bueno. Inbox, respondí. «Ahora nomás ponte de acuerdo en dónde verse», dijo mi hermano y se fue. Debía acordar una dirección con un extraño y verlo para intercambiar el dinero por el micrófono. Le di mi celular y, para no poner en riesgo a mi familia, lo cité a tres calles de mi domicilio, afuera de una papelería. Recuerdo que los minutos me parecieron de veras largos, mientras lo esperaba. Estaba todo paranoico, pensando cada que pasaba un chico «será él o él o él». Pienso que todo aquel que me haya visto aquella tarde afuera de aquella papelería no dudó un momento en que yo era un drug dealer. O quizá, por las ansias, más bien un adicto al crack. Quién sabe, pero fue hasta que el cliente se apareció en una motoneta -y por un segundo se me cruzó por la cabeza el Chilis, aquel matón de Pablo Escobar que asesinaba con una Uzi arriba de una motocicleta- y me extendió el dinero sin más. «Chido», le respondí para ocultar mi miedo y me retiré, con una sonrisa.
Llegué a casa a tomar fotografías, queriéndolo vender todo. Y lo hice. Vendí tanto que, pronto, sin nada que vender y con mucho tiempo de sobra, comencé a vender objetos todavía más corrientes e insignificantes. Vendí los uniformes de mis temporadas como Boy Scout, vendí las costuras de mi madre, una cámara Kodak viejísima, unos lentes Calvin Klein que usé en segundo de primaria -estos se los vendí al taquero de la Juárez a cambio de 200 pesos y unos tacos de barbacoa-, una funda de Ipod, unos audífonos y un kit de herramienta incompleto. Al final ya vendía por vender. Llegué a rallar en lo ridículo. Armaba paquetes del tipo «llévate un cargador de Nokia 550 y te regalo una gorra Polo talla 3». Vendía por la pura adrenalina de citarlos en la papelería de siempre y esperarlos con el producto. Por la adrenalina de decirles «lleva el dinero exacto».
Todavía en las vacaciones de diciembre, de vuelta en casa de mis padres por apenas 72 horas, osé vender una rasuradora eléctrica que sé que jamás voy a necesitar, esta vez sin éxito. Y a pesar de no haberla vendido sé que volveré a intentarlo apenas vuelva a casa de mis padres y a mi pueblo. Soy un adicto a las ventas que no va a reformarse a corto plazo. Ya es vender por vender, y lo sé. Por el simple y sencillo hecho de vender.
Esta es la historia de una adicción. Como cualquier adicción, no supondría ningún problema comenzar por relatar el principio de este mal. El primer tarro de cerveza, por ejemplo, para el caso de un alcohólico, o el primer dulce robado en un Oxxo, para un cleptómano. En mi caso, que se trata de una adicción a las ventas -y más allá de las ventas sospecho que se asoma el dinero-, se vuelve un poco complicado el comienzo.
Para comenzar a relatar, y justificar ante todos ustedes, cómo es que uno se vuelve adicto a las ventas, en mi caso, debería remontarme a mis ocho años, cuando monté el primero de mis negocios informales en la cochera de mi abuela. Con un pequeño préstamo de mis padres compré un centenar de dulces, abrí las puertas de la casa de Esperanza y los puse sobre una mesa con estampados de Peter Pan. Así comienzó mi no tan corta carrera de comerciante. Recuerdo que mis padres me habían sugerido un precio razonable para los Pulparindos, por ejemplo, a los que había que ganarles el 100% sobre el costo; pero, en vez de ello, cuando se alejaban y un cliente pescaba el anzuelo, yo elevaba el precio hasta, en algunas ocasiones, un 400%. Me sorprendía que lo pagaran, lo que aumentaba mis ansias de elevar todavía más los precios, pero tampoco quería hacerme fama de carero en mis primeros días, así que apagaba el deseo. Eso sí, los precios variaban, dependiendo el cliente y el día de la semana, aunque nunca por arriba de cuatro veces el costo de la mercancía.
Dos años después, a los diez años, cuando mi madre canceló su suscripción en el Costco y vender dulces dejó de parecerme un negocio atractivo, comencé mi tampoco muy corta carrera como mesero en la lonchería de una de mis tías. Me bastaron un par de fines de semana para darme cuenta de que lo mío eran las ventas, así que negocié un permiso para vender 4 litros diarios de jugo de naranja durante las vacaciones. A cambio, voluntariamente, me reduciría el sueldo a veinte pesos por jornada laboral, que comprendía más o menos, según lo acordado con ella en una charla que no debió haber durado más de cinco minutos, de diez a una de la tarde.
El negocio fue dando frutos, y lo que comenzó como un trabajo de verano duró siete años, hasta que un mal día se disparó el precio de la arpilla y el vaso de jugo de naranja revendido dejó de ser un negocio redituable. El día que le dije a mi proveedor de naranja, don Jesús, «hasta aquí hemos llegado, el negocio ya no da», sus ojos se le llenaron de lágrimas. Supongo que mi negocio lo había empoderado durante siete años, y por más que tratara de contener su impresión y hacerse pasar por una víctima más del comercio informal, yo pude ver su desesperación. Dentro mío pensaba: «Viejo, pudiste haber bajado el precio de la arpilla antes de que fuera demasiado tarde». Nos despedimos y no he vuelto a saber nada más de aquel hombre.
Volviendo al tema que me trajo aquí, mi adicción a vender cualquier cosa en una página de Facebook que lleva por nombre «Comercio Uruapan», he de decirles que, curiosamente, esto también ocurrió como un juego, durante las vacaciones de verano de 2013, de visita en casa de mis padres. Estaba por comenzar un posgrado y me pareció buena idea deshacerme de algunas cosas que, a mi parecer, todavía alguien más podía sacarles provecho. Así que cierta mañana me consagré a seleccionar todos aquellos objetos que llevaría a vender a algún bazar en el centro de la ciudad.
Cuando llegó mi hermano a casa, y entró a mi cuarto donde con devoción catalogaba los objetos, me preguntó qué haría con aquellas «cochinadas». Le respondí que venderlas en algún bazar. Nadie va a comprarte nada en un bazar, me dijo, esa mierda sólo podrías venderla en «Comercio Uruapan». Me causó risa el comentario porque era cierto: lo que intentaba venderle a un buen postor era no otra cosa que mierda: un bote de sangre artificial de un litro, una máscara de madera que me había robado en alguna cabaña de Zirahuén, un silbato -ni yo sabía cómo carajos había llegado a mí un silbato-, entre otros cacharros. «A ver, invítame a <<Comercio Uruapan>>», le pedí, puesto que se trataba de un grupo cerrado, disque selecto, y entonces comenzó todo.
Me explicó que era gente de Uruapan vendiendo cualquier cosa, de verdad cualquier puta cosa. La única regla era poner precio del objeto y una foto del producto a ofertar. No había huelgas ni sindicatos, «puro billelle limpio», aseguró. Se ofreció a subir un micrófono de marca apócrifa a cambio de una comisión del 20. Le dije que sí. El primer sujeto sucumbió a los 5 minutos. Ofrecía un trueque -creo que nos ofrecía un par de walkie talkies marca Sharp-, por lo que le pedí a mi hermano que editara el estado en Facebook y escribiera la leyenda «no cambios».
Siete minutos después vino la segunda puja. Un chico ofrecía 200 pesos menos sobre precio fijado, así que respondí con una contraoferta de 100 pesos por debajo del precio anunciado. «Está bien, dónde te veo», respondió. Y ahí empezó lo bueno. Inbox, respondí. «Ahora nomás ponte de acuerdo en dónde verse», dijo mi hermano y se fue. Debía acordar una dirección con un extraño y verlo para intercambiar el dinero por el micrófono. Le di mi celular y, para no poner en riesgo a mi familia, lo cité a tres calles de mi domicilio, afuera de una papelería. Recuerdo que los minutos me parecieron de veras largos, mientras lo esperaba. Estaba todo paranoico, pensando cada que pasaba un chico «será él o él o él». Pienso que todo aquel que me haya visto aquella tarde afuera de aquella papelería no dudó un momento en que yo era un drug dealer. O quizá, por las ansias, más bien un adicto al crack. Quién sabe, pero fue hasta que el cliente se apareció en una motoneta -y por un segundo se me cruzó por la cabeza el Chilis, aquel matón de Pablo Escobar que asesinaba con una Uzi arriba de una motocicleta- y me extendió el dinero sin más. «Chido», le respondí para ocultar mi miedo y me retiré, con una sonrisa.
Llegué a casa a tomar fotografías, queriéndolo vender todo. Y lo hice. Vendí tanto que, pronto, sin nada que vender y con mucho tiempo de sobra, comencé a vender objetos todavía más corrientes e insignificantes. Vendí los uniformes de mis temporadas como Boy Scout, vendí las costuras de mi madre, una cámara Kodak viejísima, unos lentes Calvin Klein que usé en segundo de primaria -estos se los vendí al taquero de la Juárez a cambio de 200 pesos y unos tacos de barbacoa-, una funda de Ipod, unos audífonos y un kit de herramienta incompleto. Al final ya vendía por vender. Llegué a rallar en lo ridículo. Armaba paquetes del tipo «llévate un cargador de Nokia 550 y te regalo una gorra Polo talla 3». Vendía por la pura adrenalina de citarlos en la papelería de siempre y esperarlos con el producto. Por la adrenalina de decirles «lleva el dinero exacto».
Todavía en las vacaciones de diciembre, de vuelta en casa de mis padres por apenas 72 horas, osé vender una rasuradora eléctrica que sé que jamás voy a necesitar, esta vez sin éxito. Y a pesar de no haberla vendido sé que volveré a intentarlo apenas vuelva a casa de mis padres y a mi pueblo. Soy un adicto a las ventas que no va a reformarse a corto plazo. Ya es vender por vender, y lo sé. Por el simple y sencillo hecho de vender.
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