Insondable trastorno

   

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Hasta hace unos meses dormía muy bien. Ocho, nueve, incluso diez horas de un tirón. Dormía tan bien que para probarlo, basta decir que soportaba los martillazos que comenzaron a pegarle al edificio, día con día y al filo de las siete de la mañana, una cuadrilla de alarifes que contrató el arrendador para terminar de desbaratar la construcción que tuvo a mal sobrevivir el terremoto de 1985.

Hoy me despiertan los ronquidos del vecino. Me despierta la sed, un zancudo, hasta el chiflón que se cuela en la ventana de mis compañeros de cuarto. Tengo una teoría: adopté la costumbre de irme a la cama recién cenado. Y repasemos mi cena de hoy: tres tacos de chilorio de pavo, media baguetta de jamón de pavo Zwan, un chocorrol y un plato de arroz poblano, en ese orden. Tengo otra teoría: desde que dejé de fumar he subido de peso.

 

 

Hay una cadena de acontecimientos que, según entendemos –tengo un curioso par de hurones–, se desató por este nuevo oficio al que le vengo imprimiendo casi el ochenta por ciento de mis energías diarias. Es un trabajo mucho más desgastante que el anterior, pero cedí luego de escuchar el monto que me iba a meter mes con mes al bolsillo por inventarme slogans para latas de chícharos. Acepté sólo por dinero, no me apena decirlo, soy un mercenario. Para eso me entrenaron bien mis padres, mis maestros y mi abuelo, que fue gerente de la Volkswagen. Bastó que el reclutador ofreciera un poco más por arriba de mi salario actual para decirle acepto, démosle prisa al contrato y evitémonos la engorrosa homilía. Tengo la convicción de que las oportunidades pasan y no vuelven, de ahí que no dude en rechazar este tipo de ofertas. Volviendo a la raíz de este trastorno, dejé el cigarrillo luego de que se me prohibiera fumar en los pasillos de las oficinas. Y dado que en este otro edificio tampoco hay elevador, y me cuesta mucho subir y bajar tres pisos para prender un piti, me dio por dejarlo sin más. Pero qué hambre que se me ha desatado desde entonces, sobre todo por las noches. Pareciera que no hubiese comido en días, qué cosa.

Dado que es una situación bastante incómoda, que a nadie le deseo, me miré en la necesidad de ingeniar o diseñar, según se quiera ver, un par de estrategias: leer y untarme crema humectante debajo de los párpados. La primera para conciliar el sueño, y la segunda para hidratar mis ojos, pues mis ojeras, a la mañana siguiente de este insondable trastorno, proyectan una imagen de mí que no me representa, o con la que no me identifico, por así decirlo.

¿Qué otra cosa pienso en noches como esta, en las que mis estrategias no rinden resultados? Recuerdo a la tía Mónica, de la que le aprendí, entre otras virtudes, el valor de decir la verdad. Noventa kilos de elegancia y de pura decencia. Murió como quiso morir: en las Lomas y con su chal de gamuza. Te recuerdo, pequeña gordita, y te mando recuerdos.

Ahora sé de dónde surge el fantasma de la tía Mónica. Hace unas semanas se mudó un figurón de sesenta y cinco años al edificio. Una española muy maja, a la que si bien no tengo el gusto de conocer personalmente, ya siento amiga. Me encanta su acento. Tanto es así que he leído fragmentos de una novela de Antonio Ortuño con su particular seseo. No veo la hora de conocerla y presentarme. Ruégole a dios que cuando ese día llegue vaya acompañado, no vaya yo a dar al piso de la impresión al verle.

Qué más pensar en esta noche lunática. Adelantar algo de trabajo e ir pensando en un buen slogan para el nuevo empaque resellable de chícharos: “Chicharos La Morena: siempre siempre en tu alacena”. Descansa, Pablo, es tarde ya.

 

 

Hasta hace unos meses dormía muy bien. Ocho, nueve, incluso diez horas de un tirón. Dormía tan bien que para probarlo, basta decir que soportaba los martillazos que comenzaron a pegarle al edificio, día con día y al filo de las siete de la mañana, una cuadrilla de alarifes que contrató el arrendador para terminar de desbaratar la construcción que tuvo a mal sobrevivir el terremoto de 1985.
Hoy me despiertan los ronquidos del vecino. Me despierta la sed, un zancudo, hasta el chiflón que se cuela en la ventana de mis compañeros de cuarto. Tengo una teoría: adopté la costumbre de irme a la cama recién cenado. Y repasemos mi cena de hoy: tres tacos de chilorio de pavo, media baguetta de jamón de pavo Zwan, un chocorrol y un plato de arroz poblano, en ese orden. Tengo otra teoría: desde que dejé de fumar he subido de peso.

Hay una cadena de acontecimientos que, según entendemos –tengo un curioso par de hurones–, se desató por este nuevo oficio al que le vengo imprimiendo casi el ochenta por ciento de mis energías diarias. Es un trabajo mucho más desgastante que el anterior, pero cedí luego de escuchar el monto que me iba a meter mes con mes al bolsillo por inventarme slogans para latas de chícharos. Acepté sólo por dinero, no me apena decirlo, soy un mercenario. Para eso me entrenaron bien mis padres, mis maestros y mi abuelo, que fue gerente de la Volkswagen. Bastó que el reclutador ofreciera un poco más por arriba de mi salario actual para decirle acepto, démosle prisa al contrato y evitémonos la engorrosa homilía. Tengo la convicción de que las oportunidades pasan y no vuelven, de ahí que no dude en rechazar este tipo de ofertas. Volviendo a la raíz de este trastorno, dejé el cigarrillo luego de que se me prohibiera fumar en los pasillos de las oficinas. Y dado que en este otro edificio tampoco hay elevador, y me cuesta mucho subir y bajar tres pisos para prender un piti, me dio por dejarlo sin más. Pero qué hambre que se me ha desatado desde entonces, sobre todo por las noches. Pareciera que no hubiese comido en días, qué cosa.

Dado que es una situación bastante incómoda, que a nadie le deseo, me miré en la necesidad de ingeniar o diseñar, según se quiera ver, un par de estrategias: leer y untarme crema humectante debajo de los párpados. La primera para conciliar el sueño, y la segunda para hidratar mis ojos, pues mis ojeras, a la mañana siguiente de este insondable trastorno, proyectan una imagen de mí que no me representa, o con la que no me identifico, por así decirlo.

¿Qué otra cosa pienso en noches como esta, en las que mis estrategias no rinden resultados? Recuerdo a la tía Mónica, de la que le aprendí, entre otras virtudes, el valor de decir la verdad. Noventa kilos de elegancia y de pura decencia. Murió como quiso morir: en las Lomas y con su chal de gamuza. Te recuerdo, pequeña gordita, y te mando recuerdos.

Ahora sé de dónde surge el fantasma de la tía Mónica. Hace unas semanas se mudó un figurón de sesenta y cinco años al edificio. Una española muy maja, a la que si bien no tengo el gusto de conocer personalmente, ya siento amiga. Me encanta su acento. Tanto es así que he leído fragmentos de una novela de Antonio Ortuño con su particular seseo. No veo la hora de conocerla y presentarme. Ruégole a dios que cuando ese día llegue vaya acompañado, no vaya yo a dar al piso de la impresión al verle.

Qué más pensar en esta noche lunática. Adelantar algo de trabajo e ir pensando en un buen slogan para el nuevo empaque resellable de chícharos: “Chicharos La Morena: siempre siempre en tu alacena”. Descansa, Pablo, es tarde ya.
 
 
 

 

 

 

 

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