He pasado 24 horas en casa de mis padres. Volver es volver a tu casa y no. Es volver en el sentido de regresar al lugar del que uno se ha ido para volcarse y darse cuenta de que uno puede irse y no volver del todo. Uno regresa en partes, fragmentado por la ida que lo hace a uno reconstruir lo que nunca, en ese lugar, pudo llegar a ser.
Yo he vuelto por un solo motivo, determinante: intentar reconstruirme. Ir y volver, de manera indeterminada –y hasta que nos alcance el tiempo–, es jugar a armar un rompecabezas sin saber cuál es la imagen que uno debe armarse de uno mismo. Ese proceso, más allá de llenarnos de identidad, nos invita a estar solos. Por eso de los perros uno debe aprender. De los perros mudos, sobre todo. Yo vivo con una hembra que me ha enseñado a sobrellevar ese proceso: estar sumido en uno mismo para aprender a jugar ese juego sisifista. Suele acomodarse en el cuarto de mi hermano, ese cuarto también vacío, el cuarto de quien se ha ido para, con fortuna, intentar reconstruirse al volver. Y de cuando en cuando ella me visita con discreción, para hacer compañía tácita, discretísima. Me recuerda a los encuentros a los que hacía alusión García Bonilla en su biografía sobre Juan Rulfo, quien solía encontrarse en los hoteles de los congresos con Onetti para sencillamente sentarse uno cerca del otro a hacerse compañía en medio del silencio de una habitación. En estos tiempos hace falta eso. Sobre todo al volver.
He pasado 24 horas en casa de mis padres. Volver es volver a tu casa y no. Es volver en el sentido de regresar al lugar del que uno se ha ido para volcarse y darse cuenta de que uno puede irse y no volver del todo. Uno regresa en partes, fragmentado por la ida que lo hace a uno reconstruir lo que nunca, en ese lugar, pudo llegar a ser.
Yo he vuelto por un solo motivo, determinante: intentar reconstruirme. Ir y volver, de manera indeterminada –y hasta que nos alcance el tiempo–, es jugar a armar un rompecabezas sin saber cuál es la imagen que uno debe armarse de uno mismo. Ese proceso, más allá de llenarnos de identidad, nos invita a estar solos. Por eso de los perros uno debe aprender. De los perros mudos, sobre todo. Yo vivo con una hembra que me ha enseñado a sobrellevar ese proceso: estar sumido en uno mismo para aprender a jugar ese juego sisifista. Suele acomodarse en el cuarto de mi hermano, ese cuarto también vacío, el cuarto de quien se ha ido para, con fortuna, intentar reconstruirse al volver. Y de cuando en cuando ella me visita con discreción, para hacer compañía tácita, discretísima. Me recuerda a los encuentros a los que hacía alusión García Bonilla en su biografía sobre Juan Rulfo, quien solía encontrarse en los hoteles de los congresos con Onetti para sencillamente sentarse uno cerca del otro a hacerse compañía en medio del silencio de una habitación. En estos tiempos hace falta eso. Sobre todo al volver.
Deja un comentario